martes, 19 de noviembre de 2024

ALETEO DE LETRAS

 



ALETEO DE LETRAS

Encuentros con Alfonsa de la Torre y Rojas

y Ángeles Fernández de la Borbolla

 

I

Me encontré

con un libro de la poeta Alfonsa.

Quedó guardado

hasta que un día

reapareció en mi vida.

 

II

Esta etapa era otra,

me impulsaba el entusiasmo

y empecé a preguntarme

quién sería la Alondra.

 

1

 

I

 

Una noche…

subí a la terraza

para recoger sábanas.

De pronto, oí el suave

aleteo de un pájaro

que se posaba en la cuerda

y me miraba de cerca.

Me sorprendió su belleza,

me aproximé

para acariciarle el plumaje.

Cuando lo hube tocado

un haz de luz

me obligó a cerrar los párpados.

Sentí un escalofrío

porque alguien acariciaba

mi mano

y me invitaba a caminar

muy despacio.

No me salía la voz,

la respiración me abandonaba,

sin embargo sentía una paz

inmensa.

Así comenzó

el ir y venir de encuentros.

 

II

 

Caminaba con ella, señorita

del pasado, quedábamos

cerca de un jardín

las tardes de los sábados,

junto a la verja

de la calle Fortuny,

en la Residencia

de sus años de estudiante.

 

 

2

 

El reloj marcaba más

de las veintidós horas.

Alfonsa me cogió la mano

y, como dos personajes

escapados de un cuadro

de Chagall,

volamos hasta la copa de un árbol.

En un vuelo lento

bordeamos las ramas

sin tocarlas, su mano y mi mano

permanecían unidas.

Sin dirigirnos la palabra

nos trasformamos en cuerpos

ingrávidos.

El silencio acompañaba

interrumpido, en ocasiones,

por un diálogo susurrante

como llegado de otra galaxia.

Comenzó a relatarme

retazos de su vida.

Se rodeó de libros y otros

bienes que le legó su padre

y al lado de Juanita

comenzó una vida en pareja.

 

 3

 

Había nacido en Cuéllar.

De niña perdió la vista,

después la recuperó

y desde entonces lograba

intuir lo que otros no veían.

Las garras del patriarcado,

con la férrea mano

de su hermano Basilio,

y la dictadura

no la dejaron en paz.

¡Cuánto la incordiaron:

cercenada en vida

y olvidada durante años!

 

 

4

 

Me situé junto a la verja

de las glicinias y miré a través

de los barrotes por si la viera.

Transcurridos

quince minutos

la sentí muy próxima.

Llegó con mirada

melancólica, poco cariñosa,

pero me cogió de la mano

y volamos.

¿Qué estará recordando?

Nuestros ingrávidos

cuerpos sobrevolaban

el jardín de la Residencia.

Durante vueltas y vueltas

comenzó a susurrarme frases

entrecortadas.

Me hablaba de sus años

de infancia, de sus viajes.

 

 

 5

 

Mientras leo Égloga

me recorre un escalofrío

por todo el cuerpo,

como si alguien estuviera

a mi lado leyendo.

Alfonsa comienza

a acariciarme el cabello,

me coge la mano

y traspasamos los cristales

de la ventana.

¡Volamos al jardín

de nuestros encuentros!

 

 

6

 

I

 

Plantas y rosas

en la Oda

a la reina del Irán

para entregarte

al escribirlo.

Lista extensa

nombrando flores…

como si las rosas cayeran

del cielo para encontrarse

con Platero

en aquella hora del Ángelus

que soñara Juan Ramón.

 

 

II

 

Me he encontrado

con ella después

de haber leído la Oda.

Esos versos

que dirige a un amante,

¿cómo deberíamos entenderlos?

¿Se desborda

la imaginación de Alfonsa

y  proclama

el amor que siente?

¡Se desborda la poeta

contemplando rosas!

Llega,

me ofrece su mano,

volamos.

 

 

7

 

Hoy, hemos visitado

“la Colina de los chopos”,

alegría y viaje

al pasado.

Miramos a  jóvenes

de la Edad de Plata

que se reúnen en tertulias

y conferencias

antes del desastre de la guerra.

Volvemos a la verja

de las glicinias,

nos adentramos en la Residencia

y vemos a varias señoritas:

es un grupo de las Modernas

reunidas en una gran sala

compartiendo ideas.

Alfonsa aparece entre ellas,

y señala con el dedo

a aquella joven que entonces fue

para que yo la reconozca.

 

 

 

8

 

I

 

Hoy  está triste el jardín,

en las plantas se ven

las lágrimas.

Alfonsa llega vestida de oscuro.

Sobrevolamos

silenciosas.

 Los desastres

de la guerra nos mantienen

en suspenso:

tantos años de combate

convirtieron la convivencia

en  penalidades y llantos.

Después,

tantas décadas de desconsuelo.

 

II

Si empuñamos las armas

y nos arrojamos las letras…

 

9

 

Nos vemos, como otras veces,

junto a la verja de las glicinias

nos cogemos de la mano.

Esta vez volamos

por la Castellana

hasta el café Gijón,

vemos al grupo

reunido en torno a la poesía.

Cuando regresamos

se le caen las lágrimas,

quizás por algo que le pasa

a su compañera Juana.

Acaricio con mis dedos

los suyos

por si le sirve de consuelo.

 

 

10

 

Otras veces…

miramos al cielo

y me cuenta sus secretos.

Estos encuentros

resultan próximos,

espaciados,

sabrosos,

pautados, rítmicos

muy intensos

y aromados.

 

 

11

 

Me preparo para salir al cine.

De pronto, oigo el revolotear

de un pájaro en el alféizar

de mi ventana.

No lo dudo un segundo,

cambio de planes,

la sigo por ese guiño cómplice

que reconozco.

 

 

12

 

Después de algún tiempo

volviste por aquí en

“un revolotear de pájaros

remotos”.

Me despierto de un sueño.

Esperas.

 

 

13

 

En el jardín luce el sol,

los árboles se desperezan

para saludarme

cuando me acerco.

Miro por todos los rincones

por si la viera.

Desde hace un tiempo

no aparece,

como si ya no fuera necesaria

su presencia.

 

14

 

Hoy está mojado el jardín,

las glicinias lloran

su ausencia…

en el invierno

a las hadas les cuesta volar.

Siento húmeda la cara,

la lluvia se ha confundido

con las lágrimas.

 

15

 

Me recoge,

nos vamos al jardín.

Me deja en la copa de un árbol,

ella se va a otro cercano

y allí, al vuelo,

recitamos poemas.

 

 

16

 

Vivió en La Residencia,

luego Colegio de Santa Teresa,

profesora universitaria,

investigadora, sabia.

Y, de pronto, se retira…

lejos de tanta necedad.

 

 

17

 

I

 

Seremos como dos ranas

en una Charca

con sus delantalitos blancos,

rememorando aquellos

lagartos de nuestro

Federico, el poeta asesinado.

 

II

 

Convertimos las nanas

de la cebolla

en nanas

de amapolas,

hortensias,

alelíes y otras flores.

 

18

 

Mientras espero

dos de tus escritos,

de nuevo tú.

Te recuerdo

entre estanterías

libros,

algo  habitual

en mi vida.

Vienes y vas,

aunque te alejas

sigues cerca.

 

 

19

 

Desciende la fuente

por un hilo armonioso,

murmullo de pájaros

al precipitarse

en el agua verdiclara.

Rubor de nenúfares

al ser sorprendidos,

otras hojas junto a ti.

A lo lejos,

cerca. Siempre.

 

 

20

 

¡Alfonsa!, ¡Alfonsa!

Llegó la madrugada

y con ella un repiqueteo

de campanas desde Cuéllar.

Huele a flores de antaño

y correr de agua,

a conventos en silencio

de siglos, a celdas

azules para azucenas

desencantadas.

Y a ti, Alondra.

Sueño con tu Charca

desde el postigo

de san Martín.

 

 

21

 

Te pregunto por Juana

y me hablas de sor Nada.

La dama de soledad

que se fraguó en el Gijón

fue uno de los motivos

para aislaros en celdas azules.

Seguimos en un vuelo

silencioso en aquella noche

de abril.

Recordamos algunos párrafos

del cuento de las azucenas.

Nos despedimos

con deseos

de reencontrarnos.

 

 

22

 

Paseo junto al muro

del jardín.

Voy rápido.

Su fragancia consigue

que pare la vida.

Me lleno de aire

repetidas veces

para sentirla cerca.

 

 

23

 

Esta luz recóndita

de la caída de la tarde

me atrapa, me enajena.

Vuelves a mí

afirmándome.

No sé contar lo mucho

que te echo de menos,

por estos jardines

paseo y paseo para

sentirte próxima.

 

 

24

 

En el tejado una ventana

espía a las paseantes

del jardín…

atalaya centenaria o no.

Quizás sí, ¿quién sabe?

¡Cuánto me cuesta

soportar el peso

de tu ausencia!

 

 

 

 

 

25

 

Algunos días

me regalas media hora.

¡Qué contenta!

Abro el libro,

leo. Vuelves.

Los ojos se tiñen

de un cielo gris.

¡Es tremendo!

Se oye tu canto.

Y es azul.

 

26

 

Llegaste a mí

en un revolotear

de pájaros remotos.

Me invitaste a tu vuelo,

permanecí en suspenso

durante años.

¡Bailamos!

 

 

27

 

Otro jardín del pasado…

se suceden imágenes

por el devenir

del tiempo

en un correr de agua.

Recuerdo cuando

llegabas

mientras te leía.

 

 

28

 

Aquella barbarie

me deja perpleja.

El poder mal utilizado

enturbia la vida.

¡Parón. Retroceso!

Se acabó la “Resi”.

 

29

 

Llegaste a mí

entre secretos, poco precisa.

Mi ilusión te

esperaba,

satisfacciones

en el aire.

Te fuiste

como llegaste.

Desapareciste

una vez más,

nunca para siempre:

tus escritos esperan.

 

 

30

 

Frente a mí la “Resi”,

varias fotos ilustran

la época de las Modernas.

Mujeres uniformadas

con  sus vestidos

zapatos, cabellos.

¿Estabas aquí

otra tarde en este

instante?

 

 

31

 

En este ir y venir

en el tiempo

me sobrecojo

cada vez que

apareces.

La variedad

de temas

en tus escritos

manifiestan

lo preparada

que estás.

Llegaron tiempos

difíciles, décadas

de tedio. Retrocesos.

Las luces de aquellos

años de la Edad de Plata

tuvieron que quedar

a la sombra o fuera

del país. Tú,

te refugiaste

en la Charca.

 

32

 

Calle Fortuny

número cincuenta y tantos.

Paso al jardín

miro hacia arriba

me saludas radiante.

Bajas. Subo. ¡Volamos!

 

 

33

 

Te pregunto por Juana

y no me respondes.

¡Aquellos años con ella!

Vuestra relación:

Ángeles y tú, tú y Juana.

 

 

34

 

En el poemario

Plazuela

de las obediencias

te muestras mística

esotérica, algo maga

documentada.

Adentrarme en tus versos

es como encontrarme

en un laberinto y perderme.

Son momentos de gozo

y vuelvo una y otra

vez a leer, leer, leer.

 

 

35

 

I

 

Pájaros en vuelo, remotos,

de otros tiempos.

Ahora, a solas,

nos despedimos

sin razón ni sentimiento.

Aquí, en este mes de abril

cuando todavía suena

la música de tus versos.

 

II

 

Pues sí, llegaste

cuando menos lo esperaba

y te marchas sin decirme

lo que quieres.

 

 

III

 

Me abandonaste

o cerré el capítulo.

¿Quién deja a quién?

¿Te fuiste o dejé de leer?

Difícil saber el desenlace.

Permanecen tus palabras.

 

 

36

 

Farolas encendidas

en paseos no frecuentados.

Al aire libre calor y escarcha.

La Castellana de árboles

frondosos, el café Gijón

y aquellos años…

 

 

37

 

Tú, tú, tú,

de nuevo tú.

Intentos de olvidarte,

de no leerte ni frecuentarte.

Llegas a mí.

Incondicional  yo,

tú te impones.

 

 

38

 

¡Me han sacado de un sueño!

Carmen ha detectado

mi presencia y me insta

a que abandone el jardín.

Me acerco. Me identifica.

Tengo permiso hasta las dos.

De nuevo tú: vienes, vas,

revoloteas por mi cabeza.

 

39

 

En la buhardilla.

Más arriba del tejado,

agotada la posibilidad

de cobijo, intuyo tu mirada.

Sí, miras.

Me llega insistente tu mirada.

Me recojo y te recojo,

me ensimismo en ti.

 

 

40

 

En el otro jardín

fuentes sonoras

junto a ruidos altisonantes.

Te siento a mi lado,

recito en silencio

algunos de tus poemas.

Sonríes entre flores

silvestres, aromáticas.

¡Magia! He acariciado

tus palabras mientras

pasaba las hojas.

 

 

41

 

Llego. Estás.

Me sonríes.

Un haz de colores

luminosos

transforma el árbol.

 

 

42

 

En el jardín

castañetean las ramas:

el invierno y los jardineros

lo han dejado aterido.

 

 

43

 

En la Residencia

se reúnen

deportistas, políticas,

científicas, escritoras,

educadoras;

mujeres eruditas,

sabias, genias.

Este listado

es una pequeña muestra

pero fueron

centenares quienes

accedieron a la enseñanza

superior:

 

Alfonsa de la Torre,

Amalia Galárraga,

Amparo Hurtado,

Carmen Baroja,

Carmen de Burgos,

Carmen Conde,

Carmen de Mesa,

Carmen (Hildegart) Rodríguez,

Carolina Toral,

Clara Campoamor,

Clemencia Laborda,

Concepción Arenal,

Concha Espina,

Concha Méndez,

Elena Fortún,

Ernestina de Champourcín,

Isabel Oyorzábal,

Jimena Menéndez,

Josefina Carabias,

Josefina Romo,

Lily Álvarez,

Lucía Sánchez Saornil,

Marga Donato,

Margarita Mansó,

Margarita Nelken,

María Blanchard,

María Campo Alange,

María Goyri,

María Guerrero,

María Lejárraga,

María de Maeztu,

María Martos,

María Zambrano,

María Teresa León,

Maruja Mallo,

María Telo,

Matilde Calvo Rodero,

Matilde Huici,

Matilde Landa,

Rosa Chacel,

Rosa Spottorno,

Rosario Capel,

Soledad Ortega,

Victoria Durán,

Victoria Kent,

Zenobia Camprubí…

 

 

Me gustaría poder

nombrar a algunas

de las miles y miles

de mujeres que no

pudieron cursar estudios

superiores, algunas

ni la escuela la conocieron,

pues la justicia

social brillaba

por su ausencia.

 

Estoy pensando en:

prostitutas, mendigas,

mujeres sin techo,

criadas al servicio

de familias privilegiadas,

solteras al servicio

de sus familias,

casadas con donnadies,

maltratadores, represaliados,

e incluso las casadas

con dios, pero sin dote.

Todas ellas legas,

en materias que tuvieran

que ver con la Academia,

y muchas de ellas

analfabetas.

 

Me gustaría poder nombrar

a todas las mujeres

con nombre y dos apellidos,

pero está claro que

para eso hay que tirar

del censo…

si es que alguien las inscribió.

 

 

 

44

 

Volemos, Alfonsa,

volemos

para que no conviertan

nuestra vida

en un silencio.

 

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