martes, 19 de noviembre de 2024

CRÓNICA DE LA AÑORANZA

 








Crónica de la añoranza

 

 

 

 

Mercedes Merino

Viky Frías

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


PRÓLOGO

 

Existen multitud de obras eruditas que analizan los hechos del reinado de Isabel la Católica, pero pocos historiadores se atreven con la vida cotidiana del personaje.

Esta crónica se atreve. Sin olvidar los pormenores históricos en los que se enmarca, y que son rigurosamente ciertos, la Crónica de la Añoranza relata la vida de Isabel la Católica contada por uno de sus servidores, un acemilero, un muchacho que cuidaba las caballerías reales y que se enamoró perdidamente de la reina (viendo los retratos de Isabel que nos han llegado, constatamos una vez más que el amor es ciego).

El acemilero es un personaje complejo que nos desvela poco a poco su misterio y que nos oculta su nombre hasta el último capítulo (no vale saltarse capítulos intermedios). Narra generalmente en verso, excepto cuando escribe desde la cocina, que allí el olorcillo de los guisos le hace agua la boca y prosa los versos.  

El acemilero omite guerras y batallas, no le interesan. Nos cuenta en cambio con mucho detalle las batallas internas de su alma enamorada.

En aquellos tiempos, el amor de un súbdito por una reina puede calificarse de imposible. Pero ¡ay!, podría haber algo más imposible todavía: ¿qué pasaría si el acemilero fuese acemilera?

Las cronistas de la añoranza no se arredran. Aquí comienzan.

 

 

VIKY FRÍAS


PRESENTACIÓN

 

Comienzo a escribir la crónica por añoranza, por la necesidad de seguir soñando, por la ilusión que supone el sentimiento amoroso hacia alguien, sea o no correspondido. La época escogida y las personas que vivieron en ella son un mero escenario con actores del pasado para insertar a un  personaje de ficción: un acemilero.

La etapa histórica me pareció bastante interesante, se ha escrito tanto sobre Isabel  la Católica que no sé cómo me he atrevido a relacionarme con alguien de esa talla, pero el tiempo estaba elegido, di un salto y me trasladé 500 años atrás. El acemilero se enamora de una compañera de juegos, Isabel, la que sería después nada menos que Isabel la Católica.

Una de las noches en las que salí a pasear alguien empezó a rondar por mi cabeza, era un personajillo que cada vez se manifestaba de manera más nítida y con una transparencia tal que algunas veces pasaba horas y horas en un diálogo conmigo misma, como si me desdoblara. Empecé a llamarla acemilera o acemilero porque una amiga me recordó un romance que cantaba mi madre, aquel de:

                

                              En Sevilla a un sevillano

                              siete hijas le dio Dios,

                              todas siete fueron hembras

                              y ninguna fue varón.

 

                             A la más chiquita de ellas

                             le llevó la inclinación

                             de ir a servir a la guerra

                                  vestidita de varón.

 

Y elegí ese oficio porque quería que fuese un ser que no tuviera mucha importancia -socialmente hablando- sino que pasara desapercibido.

El autor de la crónica empieza a escribir cuando se ausenta para siempre la persona que reina en su corazón, necesita recordar los momentos vividos junto a su amada y se le ocurre ir contando su vida. La vida del ser amado es la que cobra protagonismo, Isabel siempre fue su reina, reinara o no para los demás.

El acemilero, puesto que es un personaje de ficción, tiene la suerte de poder moverse en unas coordenadas espacio-temporales diferentes a las que está viviendo, incluso escribe sobre lo que está por llegar. Por ejemplo: cuando habla de las hijas de la reina, acaban de nacer y en cuatro frases dice algo de lo que ocurrirá en sus vidas, años después de la etapa en la que están sucediendo los hechos. La acemilera escribe la crónica hacia 1505, después de la muerte de Isabel I.

No se detiene en todos los hechos importantes, históricamente hablando, que ocurren en el reinado de Isabel. Necesita recordar a su amada y deja por escrito lo que va rememorando, eso es todo, lo demás queda en un segundo plano.

Ni qué decir tiene que la lectura sobre la época del reinado de los reyes católicos fue algo totalmente necesario para poder subir a mi acemilera a escena. Sin las investigaciones de tantos y tantas autores/as sobre aquella época no hubiera podido escribir la crónica. Agradezco a mis colegas de las librerías de viejo que guarden en sus estanterías libros que ya han desaparecido de nuestras bibliotecas de barrio, en algunas encontré varios volúmenes.

Un día estaba tomando un café con mi psiquiatra favorita y terminé hablándole de la crónica porque, en el camino desde casa hasta donde habíamos quedado, la acemilera estuvo todo el tiempo conmigo. Y le conté a mi psiquiatra-amiga que ocurría cada vez que salía a pasear. Le agradezco su interés, me escuchó con la atención que lo hace siempre. Después se tomó un tiempo para escanear y enviarme algunas páginas con referencias bibliográficas. No puedo dejar de mencionar su amabilidad. Aquella conversación me animó a poner por escrito todo lo que había estado pasando por mi cabeza.

Internet y la rapidez en la comunicación que proporciona es un hallazgo tan fascinante como tuvo que ser el invento de la imprenta en la época en la que actúa mi acemilero. Un día me decidí y empecé a subir entradas al blog, como hago siempre que escribo desde hace unos años. Y al momento apareció el comentario de mi compañera en esto del oficio escrituril; sin ella la crónica sería más aburrida, esta comunicación en tiempo real es alucinante. Gracias, compañera virtual.

Y, en fin, una mención especial a mi reina, de no haber coincidido en una villa castellana y en aquellas coordenadas interlineales no hubiera sido posible escribir la crónica o, al menos, no hubiera sido escrita así.

 

 

Mercedes Merino

 


El hallazgo del manuscrito

 

Estuve en Medina del Campo

para conocer los lugares

donde instruían a las de Falange

y me paseé por el pasado

dejándome llevar por tantos barros.

Cayó un agua tan torrencial

que en una inmensa zanja

vine a dar de forma bestial

y llegó de manera casual

a mis humildes manos

un cofre de plata blanco.

Un rayo de la tormenta

hizo que brillara en la oscuridad,

me acerqué al socavón

no sin antes darme un resbalón,

pero logré rescatar para mí

este tesoro que yo vi.

Dentro encontré

la historia que les contaré,

si es que puedo descifrar

esta letra pasional.

 

 

 

Nos dejas con las ganas
de conocer lo que dicen los materiales
encerrados en el cofre de plata.
Seguro que habrá próximas rimas
donde contarás las pasiones feudales
que se desataron en Medina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


I

 

 

Gracias a mi madre,

que se ocupaba

de los fogones

al servicio de la corte,

he tenido la gran suerte

de cuidar a mi reina.

Desde que  la conocí

quedé absorta por ella

y paso los días

en  dichosa espera

para estar a su lado

cuando ella quiera.

No se me permitió

ser una dama

de su séquito

por ser mi condición

social inferior,

con lo cual, pensamos

mi madre y yo

que podría

por un mozalbete

hacerme pasar,

y así fue,

mis ropas de mujer

en las de varón troqué.

Una vez que hombre

parecí se me presentó

al acemilero mayor

y, desde el momento

en el que él me vio,

se decidió:

pasé a servir a mi señora

para cuidar  los caballos

y  las acémilas.

 

 

Así muchas de nosotras,
con pesar profundo,
en lugar de servir a la reina
servimos a las acémilas;
pero es que en el mundo
hay muchas más acémilas
que verdaderas reinas.

 

 

 

II

 

 

Acabo de acariciar

la cabellera del caballo

que monta mi señora,

se ha impregnado de su aroma.

 

Ayer salió a dar un paseo

y me pidió que la acompañara,

se me salía el corazón

de la caja torácica.

Al bajar le presté ayuda,

mis manos fueron a parar

a su graciosa y sutil cintura.

Nos cruzamos las miradas,

la suya quedó en mí clavada.

 

Se dirigía a mí con cortesía

y le respondía con la mía.

Deseaba abrazarla y decirle

que la quiero, pero todo queda

en un vano y añorado anhelo.

 

 

 

Hermosa escena:
la cabellera del caballo,
la realeza de la reina,
el amor de la acemilera
y el aroma que todo lo impregna.
No debía ser difícil seguir el rastro amado
cuando escaseaban las bañeras.

 

 

III

 

 

-¿Cuál es tu nombre? -Estas fueron las últimas palabras que me dirigió.

 

La historia comienza cuando empecé a servir a mi reina. Me presentaron al acemilero mayor para dedicarme al cuidado de las bestias de carga, menos mal que consideró que podía confiar en mí y desde aquel día estuve cerca de mi señora. Todo lo que se requería para el trabajo que tenía que desempeñar lo había practicado con sumo cuidado, con el fin de ser admitida y pasar a formar parte de los acemileros; comencé a trabajar en Arévalo, en el año 1458, hace casi medio siglo.

Cuando alguien pronuncia el nombre de mi oficio sé que se dirigen a mí. Me suelen buscar para que les lleve algo, les resuelva cualquier asunto,  interrumpen  mis sueños y me ponen  a trabajar.  Otras veces, como mi cuerpo está enflaquecido por las caminatas a las que es sometido y mi estatura es más bien baja, me llaman pequeño. ¡Eh, tú, pequeño!, -así se dirigen a mí.

 

 

 

El nombre. No es posible saber cómo se llama este acemilero con el que me identifico yo, y tú, y tantos otros y otras. Este personajillo, que a la vez es mujer y hombre, que trabaja duro y está al servicio de su sueño –su reina.

 

 

 

IV

 

 

Una mañana soleada

me dijo que la acompañara

por aquí, muy cerca,

yo a su vera.

Cabalgamos un buen rato,

llegamos a la orilla del río,

bajó del caballo

y comenzó a desnudarse,

se quitó tantos ropajes

que yo estaba obnubilada,

se quedó con una camisa blanca,

se sumergió en las aguas

y me invitó a seguirla.

Me excusé diciendo

que alguien tenía

que guardar la ropa;

después regresó

y se dejó caer

en la fresca hierba

tendida bajo el sol.

Me acerqué, me senté a su lado

mientras ella cerraba los ojos,

yo miraba su cuerpo

atónita y confusa

la ropa mojada por el agua

dibujaba su silueta…

permanecimos allí un buen rato.

No nos movimos, no hablamos.

Oía su respiración,

toda yo era un suspiro

de deseos y emoción.

 

 

 

¡Qué sensualidad
tras de la camisa blanca!
La reina
se dejaba contemplar
con absoluta confianza,
¿sabía que el acemilero
la deseaba?
¿Cuál era su intención?,
porque es acción arriesgada
quedarse en ropa interior
cerca de su enamorada.

 

 

V

 

 

Mi madre tenía un trabajo privilegiado sirviendo en la cocina de palacio del rey Juan de Castilla, casado en segundas nupcias con  Isabel de Portugal. Mi memoria a duras penas puede recordar al rey, la esposa quedó viuda y vivía en Arévalo con sus dos hijos: Isabel y Alfonso; eran muy pequeños. Enrique, el hijo mayor del rey, heredó la corona. El rey Juan, hombre instruido y amante del saber, se había procurado una  biblioteca. Mi madre aprendió a leer y pudo acceder a algunos de aquellos manuscritos. Ella se encargó de trasmitirme todo lo que sabía, los días me parecían cortos para dedicarlos a conocer lo que ella me podía enseñar. Tuve una infancia feliz, pues gozaba del placer de la lectura y de la compañía de mi madre casi todas las horas del día, no recuerdo mucho más de aquella década, ella era el vínculo con el exterior. Fueron pocos años y pasaron rápido.

Comencé a trabajar a los diez años, el oficio me permitió estar en contacto con los infantes Isabel y Alfonso, algunas veces los acompañaba en sus paseos a caballo. En escasas ocasiones pude gozar, incluso, de la exclusiva presencia de Isabel. Fueron momentos decisivos para comprobar lo importante que ella era para mí, hasta que no la conocí no fui consciente de los sentimientos tan maravillosos que se pueden llegar a experimentar en relación a otra persona, ella estaba presente de una manera continua en mi pensamiento. Se erigió en la dicha de mi vida y me parecían pocas las horas que dedicaba, desde mi humilde ocupación, a que todo lo que de mí dependiera estuviera destinado a procurar su bien.

 

Hacia el 1463 me dijo mi maestro el acemilero, quien me enseñó todo lo que sabía del oficio, que teníamos que partir hacia Segovia. Me alegré mucho porque echaba de menos a Isabel; se habían marchado a vivir a esta ciudad ella y Alfonso porque  Enrique, el rey, así lo había decidido. En Arévalo quedó mi madre, pero era tal la ilusión que me proporcionaba el estar cerca de mi reina que no fui consciente, en aquellos años de juventud, de lo que perdí al separarme de mi madre, ya no volvería a verla porque murió al poco tiempo.

 

 

 

¡Ah, el amor! Nos deja obnubiladas con la ilusión de eternidad y despreciamos el tiempo que perdemos absortas en la amada. Por amor cambiamos de domicilio, malvendemos la casa y nos mudamos a un palomar para arrullarnos. Y entre arrullo y arrullo se nos van los padres, los amigos, la herencia y la cordura. Cuando todos se han ido, también se va el amor.

 

 

VI

 

 

Camino hasta sus ventanas

y me sitúo frente a ellas

por si la viera.

A lo lejos vislumbro una silueta

que bien pudiera ser mi señora

y me quedo perpleja contemplando

desde el otro extremo del patio

cualquier movimiento que hiciera.

Es difícil apreciar detalles,

mas parece que su mano

la pone junto a su frente

y me saluda de repente.

Casi me caigo del susto

al comprobar que ella, incluso

se ha dado cuenta de mi presencia

y mueve levemente el brazo

en señal de saludo.

 

 

 

La amada es como una lámpara
que ilumina las ventanas del alma.
Si no hubiese amor
el mundo sería una gran oscuridad,
un bloque impenetrable
sin ventanas.

 

 

 

VII

 

 

Con todos los vecinos

la quieren casar:

con el de Viana,

con el de Francia,

con el de Portugal…

mas ella quiere elegir

aquel con el cual el gobierno

tendrá que compartir.

-Lo que tengo claro

es que por mí no optará.

Estas pretendidas alianzas

la tienen preocupada

y en un momento dado

se une a su hermano

y a la parte de la nobleza

que lo apoya,

pues, para ir en contra

del rey Enrique

han nombrado

a Alfonso príncipe.

Un suceso triste

acaba con estos disparates

de luchas fraternales,

muere el pequeño

de sus hermanos

y es tal su padecimiento

que se retirará

a la paz del convento,

pero por poco tiempo.

 

 

 

El poder
siempre se empareja
con la guerra,
y en este país
nunca ha cesado
la guerra civil;
hermanos contra hermanos
desgarrándose entre sí
por unas razones
poco inteligibles
y nada inteligentes.
El convento es el lugar imprescindible
para escapar de los innumerables pretendientes.

 

 

 

VIII

 

 

Se ha levantado temprano,

le tenía preparado el caballo,

me ha pedido que la acompañara

y que me mantuviera a distancia.

La he visto trotar sin parar

y luego, en calma, dejar caer

la cabeza y torso a lo largo

del cuello del animal…

seguir a paso lento

durante largo tiempo.

Después  se ha girado

haciéndome una señal

de acercamiento; acudí presto.

Me ha mirado de soslayo

con ojos de lágrimas contenidas,

se me partía el corazón

y no pude darle un abrazo

con ternura y compunción.

Persona que está llamada

a misión tan alta

tendrá que acabar rápido

el duelo y seguir adelante

aunque muera su hermano

al que quería tanto.

 

 

 

Los animales entienden la tristeza;
no hablan, como es habitual,
pero se dejan acariciar.
Las crines de un caballo amado
son el mejor pañuelo
en un momento de duelo.

 

 

 

IX

 

 

La muerte de su hermano

la dejó sin fuerzas

para continuar

en las luchas intestinas

de las gentes de Castilla.

Se fue a un convento

para paliar el sufrimiento,

pero parte de la nobleza

y algunos de la iglesia

no la dejaban en paz

porque confiaban

en que podía ser reina

y la fueron a rescatar.

Mientras viva

Enrique -respondió

ella-, no habrá nada

de qué hablar

en lo tocante a gobernar.

 

 

 

Isabel quiso ser fiel a su hermano,
que gozaba del poder muy ufano.
¿Habría sido Enrique tan respetuoso
de ser ella la reina
y él el pretendiente al trono?
¿Se habría retirado a un convento a llorar,
o a soliviantar a los de dentro?
Estas son preguntas que la historia
no responderá por el momento.

 

 

 

X

 

 

Algunos días veo a Inés y a Elvira tienen la inmensa fortuna de pasar mucho tiempo reunidas porque trabajan en la cocina. Las conocí al poco tiempo de llegar a Segovia y desde entonces estrechamos nuestros lazos gracias a la amistad que surgió y que seguimos fomentando, con límites porque ellas no se separan; yo concibo la amistad de una en una, pero con ellas no es posible porque siempre andan juntas. Nos tratamos amablemente y nos reímos hasta de nosotras mismas cuando nos vemos. Dicen que se sienten en deuda conmigo porque una vez que necesitaron mi ayuda no dudé un segundo en proporcionársela.

Eso fue hace mucho tiempo…

Un día,  al salir de la acemilería, oí unos gritos desesperados, corrí al lugar donde se encontraban las desdichadas y me encontré a Inés defendiéndose frente a unos jovenzuelos, Elvira gritaba y trataba de ayudarla, pero se sentía extenuada. Conseguimos que se marcharan gracias a que se me ocurrió emitir un grito sobrehumano de: ¡alto, mozalbetes, llegan caballeros armados! Lo cierto es que salieron huyendo y pudimos  arrebatarles a  Inés. Elvira se acercaba a ella gimiendo, la ayudaba a recomponer el cabello y la indumentaria, se consolaban tiernamente. Cada vez que rememoro los hechos me indigna lo que tuve que presenciar: el sufrimiento al que fueron sometidas al ser tratadas de manera tan inhumana. No  desconfiaron de mí, menos mal, me dijeron sus nombres y me preguntaron el mío.

- Todos me llaman acemilero –les dije.

Nos dirigimos a la cocina, el lugar donde pasan casi todo el día trajinando. Me pusieron al tanto de  cómo lograron aquellos sinvergüenzas engañarlas para que salieran de sus lugares cotidianos. Me dieron algo para que comiera mientras siguieron contándome sus vidas. Ellas preguntaban por la mía. Me animaron a que pasara frecuentemente por allí porque podían proporcionarme algún alimento, me debieron ver muy enjuta a juzgar por el empeño que pusieron en que comiera.

Inés es alta y delgada, con una cara como de haberlo tenido todo resuelto, de disponer siempre de alguien cerca  que cuidara de ella. Luego, cuando nos conocimos más a lo largo de los años me di cuenta que había sufrido mucho, pero reconocía que tenía a Elvira y que desde que se conocieron estaban  juntas y eso era lo más importante. Elvira tiene unos años menos que Inés, sin embargo, parece mayor porque ha trabajado desde muy niña en todo tipo de actividades y está más curtida, incluso físicamente se le nota que el tiempo ha dejado una gran huella en su rostro. Las miradas que se dirigen y la forma de hablarse la una a la otra las delatan como algo más que amigas, conmigo no ocultan lo mucho que se quieren.

Inés insinúa una sonrisa que recuerda el movimiento de las olas en momentos de calma y en su mirada se puede apreciar la cualidad cristalina del agua, líquida y transparente, es como si una lágrima, no se sabe bien si de risa o de llanto, limpiara en todo momento su forma de mirar; resulta muy elocuente. Comunica confianza, alguien con quien no hay nada que temer.

Elvira es amable y más seria, sonríe escasas veces y su mirar es contundente, como si no necesitara a nadie. Comprobé su fragilidad en varias ocasiones, como aquel día que las conocí.

 

Fue a mi madre a quien se le ocurrió que podía llegar a ser uno de los acemileros. No sé cómo se le pudo pasar por la cabeza aquella idea, lo cierto es que consiguió que me admitieran entre ellos. Pasados los años he podido  comprender que ella lo que quiso fue ocultarme tras una máscara para protegerme de mis semejantes, me escondió tras las ropas de varón, me puso una armadura, era la forma de que ningún hombre abusara  de mí y de que pudiera encontrar más fácilmente una ocupación en la vida, como así ocurrió. La vestimenta varonil me permitía estar oculta a miradas masculinas; el no poder mostrar mi cuerpo a los demás también me privó de una vida sexual completa y no tuve hijos paridos por mí. Tantas veces me repitió estas frases: “recuerda siempre que no puedes desnudarte ante nadie, que tu cuerpo debe permanecer oculto”. Mi madre murió cuando yo era joven. Inés y Elvira me consolaron discretamente durante el tiempo necesario para que pudiera salir adelante después de aquella terrible experiencia, acababa de conocerlas. Desde entonces ellas han sido  mi única familia.

Cuando tengo tiempo libre me paso por la cocina y las encuentro en sus quehaceres cotidianos, trabajan a todas horas porque la preparación de las comidas requiere mucho tiempo, siempre tienen algo entre manos. Cuando pelan y preparan los alimentos para ser cocinados se sientan en una larga mesa, procuro ir a esas horas porque podemos hablar un rato mientras les ayudo en sus faenas. Por la noche dejan cocinados algunos platos del día siguiente. Terminan sus quehaceres y nos despedimos; me retiro a las cuadras a dormir, ellas duermen cerca de la cocina.

Conocen muy bien las hierbas para condimentar los potajes y todo tipo de carnes. Convierten su trabajo en una obra primorosa, la compenetración de sus actos y de sus gestos resulta entrañable, parece que no hayan hecho otra cosa en la vida nada más que cocinar, en realidad es así, porque ellas son unos años mayores que yo y ya servían en la cocina cuando yo vivía en Arévalo.

 

 

 

Cada cual busca los seres que se le parecen, y es natural que el acemilero-acemilera se sienta próximo a Inés y Elvira que debieron ser unas avanzadas en eso de hacer pan y bollería para la reina.
Ya quisiera la acemilera cocinar con Isabel, pero las reinas, ¡ay!, no se acercan a las cocinas, y todo lo cuecen en los salones de palacio, rodeadas de sesudos varones que les aconsejan, y vigiladas por la guardia de seguridad que no les permite un desliz, y menos una desliza.

 

 

 

XI

 

 

Suelo ir a  Arévalo

para visitar a Isabel

y tener a su hija Isabel

informada, la enfermedad de su madre

la tiene preocupada.

Siempre que voy por allí

recuerdo cuando jugábamos…

cada brizna del paisaje

me evoca su imagen.

Me acogen en el monasterio

de la virgen de Nieva,

es la mitad del camino

y descanso con los dominicos.

Isabel madre me ha encargado

que a la vuelta

le compre unos paños.

Yo he podido traer

otro libro para leer,

cuando  voy a verla

me presta algo para que lea,

a la siguiente visita lo llevo

y me deja otro nuevo.

Es una entrañable relación

la que mantenemos ella y yo.

Isabel dice que me aprecia

por todo lo que hago por ella,

y yo le susurro al oído:

eres la madre de mi reina

y a la mía la he perdido.

 

 

 

Adorar a la reina por su madre,
eso es lo que la acemilera hace.
Isabel (hija) no se entera,
la madre parece más despierta
y corresponde al amor con libros,
un preciado tesoro en ese siglo.
¿Cuál sería el contenido de los textos,
qué aprendería la acemilera en ellos?:
¿Enredos celestinescos?
¿Oraciones y vidas de santos?
¿Guerras de moros y cristianos?
¿Algún tratado de ciencia
sobre el sol, la luna y las estrellas?

 

 

 

XII

 

 

Salí con mi reina

por la mañana temprano

y no llevábamos

más compañía

que los dos caballos.

Me pidió que la siguiera

para visitar a su madre

en su otra vivienda,

pues la habían desplazado

desde Arévalo a Madrigal

los partidarios de Enrique,

su hermanastro.

Una vez en el recinto

nos perdimos unas horas

por sus estancias

y algunos nichos.

Me contaba sus batallitas,

me relataba sus conquistas,

yo escuchaba calladita.

Mas en un momento

en el que intuí que dudaba

tuve que dar mi opinión,

aunque me costara

por lo mucho que la amaba.

No sé cómo la voz

de mi cuerpo salió,

porque mi persona

temblaba por no defraudarla,

y le dije serena aunque con pena:

yo no estoy de acuerdo, mi reina.

 

 

 

La reina pasea a caballo
y la acemilera
va con ella cabalgando.
(Da la impresión que Isabel
nació con un caballo entre los pies;
le gusta tanto montar,
que recorre Castilla en un plis plas.
No monta tanto Fernando,
él tiene otros asuntos entre manos.)
La acemilera es leal,
ofrece su opinión sin rechistar;
si piensa blanco, dice blanco,
aunque Isabel no se baje del caballo.

 

 

 

XIII

 

 

Hoy estaba triste

mi reina,

tiene tantos asuntos

en la cabeza.

La miraba

mientras cogía

algún objeto

de la mesa,

me pidió

que la siguiera

hasta la puerta

de la muralla,

se marchaba

de viaje

dejando vacío

el paisaje.

¿Cuántos días

tendré que esperar

hasta volver

a verla?

 

Es tal la tristeza

de su mirada

que a mí se me saltan

las lágrimas,

en este momento

me gustaría

estrecharla

en mis brazos

y solo queda

un guiño cómplice

y un mirar cabizbajo.

 

 

 

Isabel es muy viajera,
no para un momento quieta.
Y qué triste se queda,
la acemilera,
cuando se marcha la reina.
En esa época añeja,
sin móviles ni Internet,
qué duro debía de ser
guardar una larga ausencia.

 

 

 

XIV  

 

 

Cuentan que a Isabel

la proclaman princesa

en el tratado de los toros

de Guisando que firman

los dos hermanos

en presencia de prelados,

nobles y  caballeros

que los acompañan.

Ahora queda desplazada

Juana, la llamada Beltraneja.

Después se han casado

Isabel y Fernando,

y Enrique ni se ha enterado,

algunos dicen  que con los líos

de su esposa Juana

y el de la Cueva

su hija no vale para reina.

Mas después de este enlace

Enrique se enfada

y vuelve a nombrar princesa

a su hija Juana.

¡Vuelven las afrentas!

 

 

 

Como se repiten nombres
en las madres y en las niñas
-no había mucha imaginación
al bautizar a las hijas-
es difícil distinguir
una Juana de otra Juana,
una hermana de una prima.
Lo que parece es que Juana
la llamada Beltraneja
no tiene buen cocinero
ni el apoyo de la iglesia.
Son los toros de Guisando
los que guisan monarquías
y Juana se queda fuera
de los reinos de Castilla.

 

 

 

XV

 

 

Hoy he visitado el Prado,

he mirado tantos cuadros…

han pasado quinientos años.

Me ha sorprendido ver

en un hermoso claustro

los mármoles y bronces

de los  Leoni,

dejaron inmortalizada

la descendencia

de mi amada, mi señora.

En un alarde de autonomía

me he salido de la cabeza

de mi descubridora

y he seguido a solas;

ella por su cuenta

y yo por la mía.

A Isabel la conocen

como “la Católica”

y  a su hija Juana

la tachan de “Loca”.

He buscado por las salas

alguna pintura

con escenas de mi época,

por si algún genial pintor

hubiere esbozado

en un sublime trazo

el amor que la acemilera

sintió por su reina.

 

 

 

Vano intento,
ningún cuadro
relatará este suceso.
Que una acemilera pobre
se enamore de una reina
tiene poca trascendencia.
Las imágenes
reflejan los intereses
de los que tienen poder.
Antes verás el romance
de un noble casposo y feo,
que un hermoso y fiel enlace
de acemilera con reina
en los cuadros del museo.

 

 

 

XVI

 

 

Hoy he visto a mis amigas, es un placer pasar unas horas con ellas, me ponen al día de todo lo ocurrido por aquí y por allá, no sé de dónde les llega tanta información.

-En los fogones se condimenta algo más que alimentos- dicen.

Me gusta pasarme de vez en cuando por allí, necesito sentirlas cerca, recibir el calor humano que ellas me saben dar, yo me brindo a todo lo que pueda hacer por ellas y el cariño entre nosotras es patente. Cuando me aproximo a la cocina algunas veces oigo una voz que les avisa:

-¡Inés, Elvira, llega el acemilero!

Me acerco a ellas para abrazarlas, saludo a las demás y me incorporo al trabajo que tengan entre manos.

El contacto humano, las conversaciones al calor de la lumbre, las miradas que nos dirigimos y las risas que compartimos llenan en parte mi vida.

Me han puesto al corriente de todos los problemas que ha provocado el matrimonio de mi reina con Fernando, de las divisiones entre los partidarios de uno u otro bando en la lucha por el poder. Me hablan de Carrillo, de Pacheco, de los Mendoza o de los Álvarez de Toledo...

Y, cómo no, de los amoríos de la reina Juana, la esposa de Enrique.

Mientras los de arriba luchan por conseguir más poder se van quedando las arcas vacías, suben los impuestos y todo recae sobre el pueblo. Sociedad de muchos caballeros y pocos pecheros no trae nada bueno. Estos años de luchas fratricidas dejan mermadas las tierras castellanas. Y no hablemos de Aragón, que lleva años de guerras en el interior y en el exterior.

 

 

Acabo de leer unos versos de Petrarca a Laura y me identifico con el poeta en lo que yo siento por mi reina.

 

 

 

La reina con don Fernando
se ha casado,
mal que le pese a la corte,
que en el amor
no mandan rey ni pendones.
(Juana es el pendón del reino,
Enrique es el rey plumero).
Doña Elvira y doña Inés
se esconden en el armario
que no han llegado los tiempos
de salir y pregonarlo.
La acemilera dormita
en medio de Inés y Elvira;
guarda tan bien su secreto
que hasta las amigas íntimas
le llaman acemilero.

 

 

XVII

 

 

Acaba de nacer Isabel,

su primera hija, en Dueñas

y, sin descansar del parto,

ya está dedicada

a escribir a su hermano

para defenderse

de las acusaciones recibidas;

mi reina está por la paz

y la justicia.

No quiere ofender al rey,

mas pretende ser princesa.

Se apresuró en lo de la boda

y hay algo que la acongoja,

le preocupa la dispensa

papal -el matrimonio

no se debió celebrar

por ser Fernando su primo-

menos mal que muere Pablo

y Sixto arregla el conflicto.

¡Qué líos y qué pisto!

 

 

 

Hubiera sido una broma
que por casar con un primo
no pudiera ser “católica”.
Pero los papas amainan
ante los príncipes regios,
anulan lo que haga falta
y reparten privilegios:
si se trata de una boda,
dispensan el parentesco;
si no se quiere ayunar,
conceden bula papal.
Isabel sigue luchando
por el trono de Castilla,
va a galope cabalgando,
muy recta sobre su silla,
solo baja del caballo
el tiempo justo de un parto.

 

 

 

XVIII

 

 

Me he enterado

por mis amigas

que mi reina

ha tenido una hija.

¿Cuándo podré

conocerla?,

¿cuándo la veré

en sus brazos?

Hoy he mirado

de manera diferente

a las estrellas,

por si en alguna

de ellas, a esa niña

la reconociera.

 

Como necesitamos
alguna estrella en la tierra
a la que imitar y amar
sin que haya correspondencia,
no teniendo otras a mano,
recurrimos a princesas.
Princesa es la que ha nacido,
por eso la acemilera
la busca entre las estrellas.

 

 

XIX

 

 

Ayer estuve con mis amigas y me han contado que vuelven pronto Cabrera y la Bobadilla al Alcázar a ocupar su lugar y, como es lógico, podremos ver de nuevo a Isabel y a Fernando por Segovia. Menos mal que ellas me tienen a la última de lo que le sucede a mi reina.

Fui a ver  a su madre y me dio mucha pena comprobar que se sentía  desplazada fuera de Arévalo, pero estaba contenta por el nacimiento de su nieta y por la visita que le había hecho su hija para que la conociera.

Me alegro mucho de poder pasar algunas horas con la viuda del rey Juan, cuando la veo es como si estuviera con mi madre, me trata bien y nos reímos mucho. Ella, a veces,  lee libros piadosos y me pregunta si yo me creo todo lo que cuentan esas historias, sonrío un poco y  comprende mi respuesta sin necesidad de decir una sola palabra, los gestos son elocuentes, nos entendemos rápido. Algunas veces paseamos, me dice que le gusta salir a caminar conmigo.

Mi trabajo al cuidado de los animales de carga es monótono y requiere mucha dedicación y esfuerzo físico. Me siento liberada cuando voy a ver a la madre de mi reina: siento que es la misión que  me ha encomendado y me siento feliz de poder hacer algo por ella.

¡La cantidad de tiempo que dedica mi reina a conseguir más poder! y, después, tendrá que dedicar mucho más tiempo a no perder el poder. Ella siente que debe actuar así, pero yo no estoy de acuerdo. La elección de Fernando como esposo es bastante acertada para lo que ella pretende: un compañero práctico con el que contar para poner firmes a tanta nobleza y a tanto clero ávidos de riqueza y de poder. Ambos, Isabel y Fernando, tienen claro que cuando ellos sean reyes todos los demás seremos súbditos.

 

 

 

El poder es una bestia que exige mucha dedicación, no sé qué ven en él los que prefieren dedicar toda su vida y esfuerzos a mantenerlo. Son como los amantes de los animales: piensan que el poder es estético como un gato o fiel como un perro, pero el poder es adulador como una mascota y, visto desde fuera, no es más que un viejo perro pulgoso que se va haciendo pis por los rincones.

 

 

 

XX

 

 

Camino desde el alcázar

hasta la plaza del azoguejo

veo el acueducto

y luego me vuelvo.

Me gusta contemplarlo de cerca

porque me hace soñar

con distintas etapas de la historia,

con otras gentes que anduvieron

por estos parajes.

Las ciudades conservan

las huellas de otros pueblos

y nos hablan del paso del tiempo.

Mientras me aproximo

suelo mirar al cielo:

dirijo la vista justo encima

de los arcos del monumento.

Por la mañana sale el sol

radiante con todo su esplendor

y me sobrecoge el amanecer

cuando llego a la hora precisa.

Algunas noches aparece

la luna y me encandila

con su blanca luz

y ese misterio me llega

directamente al corazón.

Entonces pienso que,

aunque no la veo,

nos envuelve esta capa

celestial y nos acoge

el mismo techo.

 

 

 

Estar bajo la misma luna
es el consuelo de las amantes.
El blanco satélite celestial
no se inmiscuye en reyertas terrenales:
que si el marido se interpone,
que si las reinas no debieran…
Desde la órbita lunar
todo parece más natural.

 

 

 

XXI

 

 

Cuando no te veo

te sueño, mi reina.

Hoy me he despertado

de la siesta

y me ha parecido verte

junto a mí, muy cerca.

Era tan real la escena

que no sabía si

soñaba o estaba despierta.

Por un instante pensé

que era la acemilera,

y no,  yo andaba por la cabeza

de mi descubridora

mientras dormía

plácidamente en su alcoba.

Al partir me vestía

con otras ropas,

salía por una puerta

a un pasillo oscuro

que de pronto se iluminaba,

después me metía en una caja

que descendía lentamente,

lo llaman ascensor,

y me pregunto yo:

¿por qué no le han puesto

de nombre descensor?

No sé en qué momento,

la M Godúver,

me ha apartado de su mente

y me ha dejado ausente.

 

 

 

Surrealista por ser un sueño,
no está claro quién es quién
en este encuentro.
Como en los teatros de marionetas
mientras desciende el descensor
sale la reina de la escena
con gran sentido del humor
y M Godúver se viste de acemilera.

 

 

 

XXII

 

 

¡Estoy loca de contenta,

he vuelto a ver a mi reina!

Dicen que la recibió

su hermanastro

y le dio un abrazo.

Se han reconciliado

y los recibe en Segovia,

tanto a Isabel como a Fernando.

He podido hablar con ella,

me pregunta por su madre

por saber si la visito

con frecuencia.

Todas las semanas

-le digo- como ella me ha pedido.

No me atrevo ni a mirarla,

es ya tal la distancia,

los años que han pasado,

y los hechos sucedidos

nos van separando.

Sin embargo en mi interior

lo que siento es lo mismo

desde hace tiempo

y el cariño va en aumento.

No puedo permitir

que me sobrecoja el dolor

porque eso me hará sufrir,

tengo que pensar en lo mejor

para mí:

conseguiré sobrevivir

aunque no se lo pueda decir.

Es mi deber continuar

con esta farsa tan descomunal,

¡como la vida de los demás!

 

 

 

Por qué necesitamos de vez en cuando
ver, tocar, oler, oír y gustar:
somos muy primitivos
apelando a nuestros sentidos.

Imagino a los humanos del futuro
dialogando solo por Internet,
con un monitor interpuesto
que impida el contacto directo
(para entonces ya no habrá reinas
ni ocultará sus amores la acemilera).
No veo que la fidelidad
sea una virtud que vaya a durar,
hay tantas ansias de novedad
que lo importante será cambiar y cambiar.

 

 

 

 

XXIII

 

 

Es difícil

conciliar el sueño

cuando has preñado

mi ser.

Te pienso

en momentos

a mi lado

y renace

el deseo

tras el encuentro,

se remueve

en mi interior

el esbozo de amor

que nos unió:

cual vilano

que el viento

se  llevó

se deslizan

sus semillas

por mi vientre

de tanto desearte

y no tenerte.

 

 

 

¡Qué pasión, qué desenfreno,
si un personaje se mete dentro
ya no es posible estar sin él!
Vive por ti, te ama, te posee,
echa raíces en el centro mismo de tu ser,
te llena el alma de flores y semillas
y no vale de nada acudir a un exorcista.

 

 

 

XXIV

 

Varios sucesos consecutivos

rápidos y decisivos

aceleran el proceso;

el afán de mi señora

por gobernar estas tierras

no tiene parangón.

Enrique ha enfermado

y se ha marchado al Pardo,

no le sienta bien el cambio

y acaba como finado.

Se celebran las exequias pertinentes,

el difunto es enterrado

con poco cortejo

y apenas luto.

Con el sambenito

del Impotente

será recordado.

Isabel es proclamada

en Segovia reina

propietaria de Castilla,

le critican lo de la espada,

pero ha actuado con tal desparpajo

que ni el mismo Fernando

se hubiera atrevido a tanto.

Aquella mi infantita Isabel

se ha hecho con el poder.

 

¿Y la princesa Juana,

la llamada Beltraneja?

recluida en un convento

se pasará los restos,

los muchos años que le quedan,

y seguirá firmando como reina.

Tocaba una sucesión de féminas,

comenzaba la edad moderna,

aunque en la época medieval

en Castilla se avanzó algo más.

No hablo de Aragón,

allí solo podía ser rey un varón.

 

 

 

Ser “católica” en la época
facilitaba las cosas:
hay que salvar a los otros
de los deseos de poder,
no dejar que se condenen
e incluso pierdan la fe;
por eso la Beltraneja
va a espiar en un convento
pecados propios y ajenos,
mientras que la católica
asegura la corona.
Y a la muerte de su hermano
qué buena ocasión perdida
de cumplir lo del refrán:
“el muerto al hoyo y el vivo al bollo”,
pero Isabel no es tan viva,
se conforma con Fernando.

 

 

 

XXV

 

 

Acaba de llegar el rey,

se dirige hacia la reina,

dentro de nada otra infanta.

Lo de Fernando está aceptado,

será su esposo de por vida,

es el padre de su hija

y el amado de mi niña.

Pero cada vez pasa

más horas con la Bobadilla

en variadas reuniones

días y días …

y a mí ni siquiera me mira.

 

 

 

¿Quién será esa Bobadilla
que la tiene entretenida?
Como no me sé la historia,
pienso en una boba lista
a quien gusta acaparar
realezas en su salón,
¿o quizá en su habitación?

 

 

 

XXVI

 

 

Mis amigas están contentas porque piensan que estos reyes traerán prosperidad a Castilla, y dicen que eso nos beneficiará a todos. Demasiadas  guerras: la lucha por el poder deja las tierras yermas y las almas yertas.

Estas contiendas de la nobleza entre juanistas e isabelinos la tienen muy preocupada a mi reina, aquellos a favor de la unión con Portugal y estos con Aragón. Todos, en general, esperamos la victoria de los partidarios de Isabel, cada día tiene más aliados y la causa de Juana se va abandonando. Algunos elementos del clero y de la nobleza cambian de bando según les conviene en cada momento.

Tantas preocupaciones y traslados no le ayudan a conseguir un buen parto, se dice que ha sufrido algún aborto a consecuencia de los viajes que realiza por querer llegar a todos los frentes. Me da tanta pena no poder estar junto a ella.

 

He vuelto a ver a Isabel, su madre, se encuentra mejor en Arévalo. A mí también me gusta ir a visitarla allí porque, cuando voy, puedo recordar en el mismo lugar los días vividos junto  a mi madre y a mi reina.

 

 

 

 

A Castilla le da igual
Aragón o Portugal.
Que si Isabel, que si Juana,
el poder siempre es quien gana.
Y los de a pie,
ya sea Juana, ya Isabel,
con una o con otra reina
continuarán sus faenas.
Isabel sigue montando
aunque se avecine el parto:
a ella le gusta reinar
sobre el lomo de un caballo.
Lástima la acemilera
no cabalgase con ella.

 

 

 

XXVII

 

Un niño nace en Sevilla

y lo reciben con alegría,

los reyes tienen ilusión

porque ha sido un varón:

acaba de nacer

otro hijo de Isabel.

Se pasa la vida

de partos,

batallas y conquistas.

Es una reina ejemplar

y lo quiere demostrar.

Después de varios intentos

habrá quedado el rey contento,

que en las tierras de Aragón

quieren reyes, reinas no.

Y para los de Castilla:

la mayor por ser niña

deja de ser princesita.

 

 

 

 

 

Como siempre, los varones
alegran los corazones;
no hay como nacer con p…
para ser bien recibido
(esa pequeña excrecencia
aporta gran diferencia).
Las niñas, aunque sean listas,
serán monjas o modistas.

 

 

XXVIII

 

 

Después de la guerra

de sucesión

entre juanistas e isabelinos,

los partidarios

de unirnos con Aragón

han vencido.

Pasamos al tanto monta

y al monta tanto,

aquel nudo gordiano

de Alejandro le viene

al rey que ni pintado.

El yugo de Fernando,

las flechas de Isabel

y el águila de san Juan

son los emblemas

que los monarcas han adoptado.

Ya tenemos las enseñas,

ahora a gobernar:

al clero y  a los nobles

los van a contentar,

mas ellos se bastan

para ordenar y mandar.

 

 

 

Los emblemas elegidos:
yugo y flechas (no las de Cupido)
serán siglos más tarde
señales de fascismo.
El águila de Juan
parece que ha volado
a cielos más azules,
ya no aguanta cuarteles
ni campos de gules.
En el escudo español aún están
el castillo encantado
y un león amanerado,
barras catalanas,
cadenas navarras
y hasta una granada.
Mucho llegaron a unir
Isabel y Fernando,
no hay que quitarles valor,
aunque echaron del país
a todo el que molestó.

 

 

XXIX

 

 

¿De quién habrá heredado

mi reina ese su gobernar,

esa mano diestra,

la soberanía que muestra?

Pues, tanto su padre

como su hermano, en manos

de Lunas y Pachecos

dejaron el gobierno

y, ellos, dedicaron

gran parte de su tiempo

a la caza o al divertimento.

 

Ella está dedicada a reinar

y, aunque no estoy de acuerdo

con su manera de llevarlo

a cabo, la sigo queriendo igual,

bueno, más, cada día más.

 

Las que nacen para reinas
no lo pueden evitar:
la vocación de su vida
es solamente reinar
(y quédense los validos
para reyes encogidos).
Mientras ellos cazan ciervos,
conejos o jabalíes,
ellas consiguen tratados
o se anexionan países.
Dios nos libre de las reinas,
sobre todo las católicas:
Isabel, Victoria…
se toman su profesión
como una cuestión de honor;
para proteger la patria
defienden la religión
y, si hace falta,
se inventan la inquisición.
Son más papistas que el papa.

 

 

XXX

 

 

Majestad, yo vivo para amarla;

usted para anexionar, unificar

y cristianizar a más gente.

 

Ambos abusan del poder,

mi señora, el rey por sus ansias

de mando y de expansión.

Y vos, además, por  su fe,

no se da cuenta de que convierte

en asunto de estado

lo que es asunto privado.

El amor es generosidad

igual que  la piedad,

no juzga ni discrimina

a los demás.

 

Me salió de corrido

este leve discursillo.

Me miró y bajamos

la cabeza las dos.

 

 

 

Consigna general:
salvar a los individuos
en contra de su voluntad,
se prefiere verlos muertos
que perdidos para el cielo.
En esto la iglesia es especial,
por redimir pecadores
tortura y mata sin piedad;
no hay que fiarse de esos amores,
“amores que matan” son
los que predica la religión.
Es atrevida la acemilera,
habla claro con la reina
y le dice lo que piensa.
Y aunque no aprueba
guerras ni bandos,
ella le es fiel, la sigue amando.

 

 

 

XXXI

 

 

Otra infanta más,

vuelve a parir mi reina,

tanto parto

la va a consumir.

Como anda de acá para allá

cada una nace en una ciudad.

En Toledo se encontraba

y allí ha nacido Juana.

 

Pasados los años,

algunas veces,

coincidimos en Arévalo,

le gustaba visitar a su abuela

y paseábamos con ella.

La pequeña no puede ocultar

su gran inteligencia,

sus ansias de libertad

y su poca paciencia.

 

Es curioso que esta niña,

tercera en la sucesión,

será reina de por vida

y estará recluida

como su abuela materna.

A Juana I, por unos y otros

motivos,  la tendrán

prisionera en Tordesillas.

Se casa con un mancebo

tan infiel y hermoso

que pierde el entendimiento.

El padre, el hijo y el marido

le usurpan la corona

diciendo que estaba loca.

Le hubiera bastado

con una valida o valido

como a su abuelo y a su tío.

¿No será que los reyes sobran?

 

 

 

¡Vaya trinidad: padre, hijo y marido!,
a cuál más aprovechado
de una mujer que los sobrepasa
en conocimientos y en merecimientos.
Muchas murallas se han levantado
para encerrar lo que se quiere separar:
la de Segismundo, la de Tordesillas…
casi siempre acaban cayendo
y se descubre la villanía,
pero Juana no pudo escapar
de tanto varón interesado en su locura.
Como tantas mujeres, tuvo una vida dura
entre cuatro paredes, como la más ruda.

 

 

 

XXXII

 

 

Me he pasado por los fogones y he visto a mis amigas, cuando voy por allí les ayudo a desplumar las aves y a disponer otros animales, dejarlos listos para que puedan cocerse o asarse y sirvan de viandas en los siguientes banquetes. ¡La cantidad de gallinas, perdices, terneros que se necesitan para dar de comer a esta gente!

La preparación de los pobres animales es un trabajo tan mecánico que nos podemos permitir hablar mientras los despojamos de plumas o pelos y los limpiamos para ser cocinados. Se elabora tal cantidad de comida que siempre sobra algo de lo que se ha servido a los señores o a los monarcas cuando están por aquí y, algunas veces,  los siervos comemos como reyes.

La Inquisición funciona que da gloria, no caben nada más que cristianos bajo la corona y lo que ellos entienden por amoral se  castiga de una manera atroz, han ajusticiado a tantos….

Se cuenta en la cocina que los reyes están en Toledo porque se reúnen con los nobles y otros estamentos.

¡Qué cantidad de acontecimientos nuevos! La unión de Castilla y Aragón no ha sido suficiente y se dirigen a Granada para echar abajo sus murallas y anexionarse otro reino, más guerras.

 

 

 

Está claro: los cristianos son tan gordos
que desbordan la corona.
Los herejes, delgaditos,
al destierro o a la hoguera,
el caso es que acaban fritos.
Carecen de importancia
los pobres animalitos,
se matan sin compasión
para alimentar cristianos,
ni se les reza un sermón.
En tiempos de los romanos
bien al revés ocurría:
los cristianos
alimentaban las fieras
y en las hogueras ardían.
El poder siempre perdona
a los que están de su lado;
todos los demás, estorban.

 

 

 

XXXIII

 

 

Mi señora está por el sur

y allí ha dado a luz.

María ha nacido en Córdoba

y será una consorte paridora.

La casarán con su cuñado,

el viudo de su hermana Isabel,

el de Portugal, don Manuel.

Dedicada a tener hijos

soportará diez partos seguidos

hasta que no pueda resistirlo.

 

 

 

Entiendo que Portugal se ha poblado
gracias a María de España.
Esas reinas del ayer
pariendo príncipes y princesas
nunca llegaban a viejas,
¡qué manera de parir!
No había mujer, ni aún las reinas,
liberada de ese evento,
¡mejor meterse a un convento!

 

 

 

XXXIV

 

 

Cuando no la veo

miro al cielo,

esa inmensa capa azul

proporciona

armonía a mi vida.

Dirijo la mirada a lo lejos

y pienso

que estará en algún

punto del universo.

Después sonrío a las estrellas

para que protejan a mi reina.

¿A qué distancia quedan

los instantes que la tuve cerca?

Cuando voy a ver a su madre

recorro los lugares

que frecuentamos en otra época.

 

 

 

La acemilera a Isabel ha proyectado,
con su caballo,
a alguna galaxia, fuera de España.
La reina galopa por el universo
poniendo orden en su reino
y, de cuando en cuando,
se baja para dar a luz,
un nuevo parto.
Seguro que fue ella quien promovió
la guerra de las galaxias
entre moros y cristianos.
No se la puede dejar suelta
por el espacio.

 

 

 

 

 

XXXV

 

 

Ha llegado el frío

a la meseta castellana,

se cuenta que mi señora

está de nuevo preñada.

La última de sus hijas

nace en Alcalá,

su nombre es Catalina,

el invierno lo pasa en esa ciudad

y es allí donde ve la luz la niña.

 

A esta pequeña

la destinarán a los reyes de Inglaterra,

primero se casa con Arturo,

después con Enrique, el octavo,

el que le causará tanto daño.

Es una chica maravillosa,

parecida a  mi señora.

Y por no llegar a adulto

alguno de sus varones engendrados,

la menor de mi reina sufrió mucho.

 

 

 

He perdido la cuenta
de las hijas de esta reina
¿cinco, siete, una docena?
No sé cuántas hacían falta en esa época
para ser familia numerosa,
pero Isabel ha cumplido de sobra.
Qué pena que las infantas,
bien educadas,
que han aprendido a escribir y a leer
se entreguen a los reyes como paridoras,
en vez de quedarse en España
transmitiendo cultura y saber.

 

 

 

XXXVI

 

 

Reformas en los conventos:

más clausura y mesura

y menos divertimento.

En la rama femenina

las hermanas clarisas

eran sus preferidas

y dedicó más tiempo

a observar sus monasterios.

Todas las órdenes

de sus reinos tendrán que acatar

el nuevo reglamento

para disfrutar de más paz

en esos lugares de fraternidad,

pobreza y obediencia.

¡Es tan casta mi reina!

 

 

 

La reina, casta y mandona,
quiere que hagan sacrificios
todas las monjas.
No sé si les hace gracia
a las esposas de Cristo
tantas austeras reformas.
Algunas entraron en el convento
para estar entre mujeres
y cultivar su intelecto,
huyendo de los papeles
que se asignan a su sexo.

 

 

 

XXXVII

 

 

Las luchas en el reino

nazarí se alargan,

mi señora no viene a Segovia.

Ya han tomado Málaga

en el avance al cerco

de la ciudad de la Alhambra.

¡Estas guerras contra Granada

se han convertido en una cruzada!

Se habla de la conquista

de otra isla en las Canarias.

Se dice que ha llegado un marino

y le propone a la monarca

viajar a las Indias por otro camino,

la península se le queda pequeña

a mi infatigable reina.

Seguro que se embarca

en esas vías oceánicas

y se va a poner orden

a otros lugares del orbe;

es capaz de aplacar las aguas,

de caminar sobre ellas

y llegar con cruz y espada

para evangelizar y conquistar

a gentes de otras creencias y razas.

¡Cuenta con el consentimiento

del mismísimo papa!

 

 

 

-Más tierras donde cabalgar-,
debió pensar la monarca
cuando Colón se ofreció
a regalar un continente a España.
-Y si no, con una barca
me llegaré hasta allá,
que me falta la experiencia
de parir en alta mar.
En la guerra de Granada
dicen que Isabel estuvo
sin cambiarse de camisa
todo el tiempo que duró.
De esta forma presionó
para acabar el conflicto
mucho antes de lo previsto.
El rey moro entregó las llaves
mientras decía, compungido:
–No puedo más, ¡que se lave!

 

 

 

XXXVIII

 

 

Sevilla se engalana

porque celebra

los desposorios

de la primera infanta,

paran la guerra

y se visten de fiesta.

Mi reina casa

a su hija mayor,

se marcha a Portugal

para unirse a Alfonso;

el matrimonio dura poco,

muere el joven esposo.

La política de los reyes,

en cuanto a sus hijas se refiere,

consiste en crear alianzas

con otros monarcas.

 

 

 

Guerra o boda, qué más da,
la cuestión es enfrentarse
dos bandos que son rivales:
los moros y los cristianos
luchan por el territorio;
las mujeres son objeto
de intercambio entre varones,
los reyes usan las hijas
para establecer uniones.

 

 

 

XXXIX

 

 

Granada se conquistó

y acabó su viaje Colón:

Boabdil entrega las llaves

al comienzo del año

y al siguiente

reciben al marino en Aragón,

concretamente en Barcelona,

que allí están Isabel y Fernando

porque deben tener controlado

los Pirineos y el Mediterráneo.

Estos reyes píos

expulsan a los judíos,

¡vaya metedura de pata!

Honra más a la castellana

Nebrija con su gramática;

a punto llega ésta para cuando se hable

la lengua en lo que será un imperio,

faltan unos años para serlo…

Aquí el que no puede ser gallo es necio,

-me miro a mí sin ir más lejos-

travestida de por vida y sin reposo,

ilusionada por el amor a una reina

que ni me mira siquiera,

me lleva a pensar que soy memo.

 

 

 

Los reyes caen en el tópico
de expulsar a los judíos,
que son el pueblo elegido
-desde el ya remoto Egipto-
para culpar de los males
que provocan los fascismos.

El idioma castellano,
mal que les pese a unos cuantos,
alcanza una gran belleza
gracias a los literatos:
Cervantes, Lope, Quevedo,
Teresa, Inés, Doña Emilia…
(ellos por los apellidos,
ellas con nombre de pila).

 

XL

 

 

Estoy unos días por Arévalo

su madre se nos va al cielo,

la hija no está por aquí

porque tiene otros asuntos

a los que acudir:

acompaña a Juana,

nuestra infantita se marcha.

 

¡Han pasado tantos años

desde que nos conocimos

en estos parajes tan lindos!

Yo sigo unida a ella

siempre será mi reina,

espero noche y día

por si pudiera verla…

años y años de espera.

Quedábamos algunas veces

porque ella no podía siempre,

solíamos montar a caballo,

nos acercábamos al río

para mirar a los pececillos

y enlazar nuestras manos,

fue todo lo que nos permitimos.

 

Vuelvo a Segovia de nuevo

en busca de consuelo,

mis amigas Inés y Elvira

me contagian su alegría.

Mi señora viaja y viaja

y yo espero sin esperanza.

¡He sentido mucha pena

al ver a su madre muerta!

 

 

Qué cosas tiene el poder
que no valen
ni la muerte de la madre
ni suspiros de la amante.
Si para ganar un reino
es preciso endurecer
corazón y sentimientos,
¡pobre la reina Isabel!

 

 

 

XLI

 

 

Ya dejé constancia

de que nació Juan,

de nuevo a escena sale presto.

Tuvo buenos maestros

que para eso es el heredero,

jugó con sus hermanas,

guerreó en lo de Granada

y, ahora, se nos casa

con Margarita de Austria:

los padres están satisfechos

y los de Burgos presenciarán

esta fantástica boda real.

 

La alegría de ver casar al hijo

va a durar un suspiro,

a los pocos meses muere,

la reina pierde a su “Ángel”

y comienzan las heridas

que le irán quitando la vida,

Margarita no tuvo descendencia.

Isabel, la hija, otra vez princesa,

pero en Aragón esperan

a que nazca el retoño de ella

por si un hijo fuera.

Un macho para la sucesión,

no quieren hembras en Aragón.

 

 

 

 

 

-Que sea macho,
aunque no valga mucho-
dicen los de Aragón.
Y así las princesas
paren hijas al montón
hasta que llega el varón.
Con ese sistema
corremos peligro
de ser gobernados
siempre por machos iberos.

 

 

XLII

 

 

Ha nacido Miguel

y de parto muere Isabel.

Un nene príncipe

de Aragón, Castilla y Portugal…

La dicha dura poco,

el niño muere pronto

y todas las expectativas

se quedan incumplidas.

Mi reina llora tanta tragedia

y se va muriendo de pena.

 

Juana será la heredera,

pero no la dejarán reinar,

pasará su vida presa.

El rey Fernando,

toda la vida guerreando

con Francia,

luego se casa

con la de Foix: Germana.

Los enlaces nunca

vienen mal

aunque solo sea

para procrear

y seguir mandando.

 

 

 

Aquí muere hasta el apuntador,
es lo malo de las biografías,
que siempre acaban mal.
Las mujeres mueren de parto
o de pena;
los hombres
a espada o lanza, en las guerras;
aquí nadie se queda.
Podría haber tenido un detalle
la reina Isabel:
practicar la inmortalidad
y contarnos un relato personal
de lo que fue su reinado.
La acemilera,
que sí parece inmortal,
¿seguirá la crónica,
y nos contará otros detalles
que hasta ahora nos ha ocultado?

 

 

 

XLIII

 

 

La muerte de Inés nos ha sumido en la tristeza a Elvira y a mí. La cuidamos en sus días postreros, procuramos bajar la fiebre con todos los medios a nuestro alcance, pero fue inútil. He pasado unos días cerca de Elvira porque las dos sentimos mucho la ausencia de Inés, nos consolamos en silencio.

He ido perdiendo a los seres más queridos. Primero mi madre, a la que he echado de menos todo el tiempo. Después murió Pedro, el acemilero; fuera mi padre o no, me trató como un buen progenitor.

Asistí a la muerte de la madre de mi reina, lo sentí muchísimo, de alguna manera ella era el vínculo con mi señora.

Más tarde tuve noticias de que murieron Juan, Isabel y Miguel, mi reina perdió a sus seres queridos y en los que pensaba como herederos. Lo lamenté tanto por ella.

La muerte de Inés me ha dejado triste por un doble motivo: por no poder verla y por comprobar lo desolada que está Elvira.

La guadaña se va llevando a los más allegados y me voy acostumbrando a unas y otras ausencias.

 

 

 

La vida humana se compone de pérdidas. Venimos con las alforjas repletas y en los primeros años las vamos llenando de proyectos, de paisajes, de amigos… pero pronto empieza a desmoronarse nuestro mundo hasta acabar despojados de todo.
Aunque no es exactamente así, hay un continuo ir y venir: nuevos proyectos, nuevos paisajes, nuevos amigos se nos van incorporando a lo largo de la vida mientras los otros se van.

 

 

 

XLIV

 

 

Se ha cebado la tragedia

con mi reina,

la enfermedad se ha apoderado

de ella y está muy mal.

En estos momentos tan críticos

no la puedo cuidar

como yo quisiera.

Observo su última escena

redactando el testamento

para dejarlo todo dispuesto.

 

Mi reina se va muriendo

y yo inmóvil gimiendo

cual animal herido

junto a las murallas del castillo.

No puedo acercarme

a velarla, no estaré

en su último aliento.

No estrecharé su mano

para demostrarle

cuánto la quiero,

no se me permitirá

cerrar sus ojos

y vestirla en su día postrero.

Se va y yo me quedo,

se acaba mi ilusión,

para mí no hay consuelo.

 

 

 

¡Pobre acemilera!,
conmueve el corazón
ver su tristeza.
La reina se muere
sin gustar del cariño que despierta.
Isabel ha dominado el mundo
y al mismo tiempo ha conquistado
el amor de algunos súbditos.
Corona, honores, gloria,
todo se queda aquí.
No entrarán en la historia
las caricias que no ha proporcionado
ni la ternura de la que se ha privado.

 

 

XLV

 

 

Aquí, en las tierras

de Castilla,

se unen la infancia

y el ocaso de mi vida.

Una vez más montaré

a caballo

para llegar rápido

al lugar donde un día

me invitó a seguirla.

Hoy voy para allá,

espero encontrarla

y  no separarnos más.

Llegaré al río

de nuestro Arévalo

de niñas, me sumergiré

en las aguas después

de quitarme la máscara.

La historia de mi vida

la sepultaré en Medina,

allí donde nos vimos

por última vez

y me preguntó:

¿Cuál es tu nombre?

¿Sospecharía en algún

momento que ocultaba

mi cuerpo

para que no se descubriera

mi género?

El nombre es Mencía,

así me llamaba mi madre

cuando me arrullaba

mientras me dormía.

 

 

 

Mencía, doña Mencía,
bien lo tenía guardado
para que no se supiera
que era mujer, la acemilera.
Y como no existían
oficios para las damas
ni se les permitía
amar a quienes querían,
¡cuántas mujeres ocultas
con ropajes de varones
habrá habido en el pasado!
Porque hay veces que la historia,
también tiene cosas buenas,
y es raro que los varones
sean los artífices de ellas.

 

 

 

 

 

… Y FIN

 

Aquí se acaba la crónica

que no pudo ser historia

del leal acemilero;

no llegó a ser reina o rey

porque no era un cargo electo

ni era esa su intención.

Entendía y era fiel,

su mente atendía a razón

y actuó con su humilde corazón.

El acemilero se sumerge

en el agua del río

y podría andar otros caminos;

como es personaje de ficción

no muere, no, no muere.

 

 

 

Es un consuelo
saber que el acemilero
no ha muerto;
cuando una pluma lo llame
podrá emprender su camino
otra vez por esos textos,
haciendo historia, poesía,
o un personaje de cuento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

Fechas relacionadas con los hechos de la crónica

 

 

1448. Nace quien será el acemilero.

 

1451. Nace Isabel I en Madrigal de las Altas Torres, hacia el 22 de abril, hija de Juan II de Castilla e Isabel de Portugal.

 

1453. Nace en Tordesillas el hermano de Isabel, Alfonso, hacia el 17 de diciembre.

 

1454. Muere Juan II, en julio, el padre de Isabel. Enrique, su hermano por parte de padre, hereda la corona.

 

1458. El acemilero es  admitido para cuidar de las acémilas.

 

1458-1462. Coinciden en Arévalo el acemilero e Isabel.

 

1462. Enrique llama a la corte a Isabel y a Alfonso, se trasladan a Segovia. Nace Juana, la hija del rey Enrique IV y Juana de Portugal, es nombrada princesa heredera por las Cortes de Castilla.

 

1463. El acemilero se va a trabajar a Segovia, conoce a Inés y a Elvira, poco después morirá su madre.

 

1464. La nobleza presiona para que se  reconozca a Alfonso príncipe.

 

1465-1468. Guerra civil entre los partidarios de Alfonso y los de Enrique.

 

1468. En junio muere Alfonso. Isabel aceptará el título de princesa heredera.

 

1469. Isabel se fuga de Ocaña para reunirse con Fernando en Valladolid. Se casan.

 

1470. Nace en Dueñas la primogénita de los príncipes, Isabel. Enrique IV vuelve a reconocer a su hija Juana como heredera.

 

1471. El papa Sixto IV otorga la bula que legitima el matrimonio de Isabel con Fernando.

 

1473. Hacia finales de diciembre Isabel se reúne en Segovia con Enrique, manifiestan a la ciudad la reconciliación.

 

1474. En diciembre, muere Enrique en Madrid, Isabel se proclama en Segovia reina de Castilla.

 

1475-1479. Guerra civil entre juanistas e isabelinos.

 

1478. Nace en Sevilla el hijo de Isabel, Juan, a finales de junio. Bula de Sixto IV en la que se autoriza la instauración de la Inquisición.

 

1479. Muere Juan II de Aragón, Fernando es su sucesor. Nace en Toledo Juana, la tercera en la sucesión a la corona de Castilla y Aragón.

 

1480. Se concluyen las Cortes de Toledo.

 

1482-1492. Guerras de Granada.

 

1482. En junio nace la infanta María en Córdoba.

 

1485. Nace en Alcalá de Henares Catalina, la última hija de Isabel.

 

1486. En enero Isabel concede la primera entrevista a Colón.

 

1487. Conquista de Málaga.

 

1490. Se celebran en Sevilla los esponsales de la infanta Isabel que se casará con Alfonso príncipe de Portugal; éste muere a los pocos meses.

 

1492. Entrada de los reyes en Granada. Se firma el decreto de expulsión o conversión de los judíos. Llega Colón a América.

 

1493. Los reyes reciben a Colón en Barcelona.

 

1496. Muere la madre de Isabel.  Juana embarca hacia Flandes para contraer matrimonio con Felipe de Austria. El papa Alejandro VI concede a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos.

 

1497. Boda del príncipe Juan con Margarita de Austria en Burgos; a los pocos meses muere. Se casa su hija Isabel con Manuel de Portugal.

 

1498. Muere de parto Isabel al nacer su hijo Miguel.

 

1500. Muere en Granada el príncipe Miguel. La infanta María se casa con su cuñado el rey Manuel de Portugal.

 

1502. Juana I es jurada heredera en Toledo.

 

1503. Muere Inés, la amiga de Elvira y el acemilero. Acuerdo matrimonial para casar a Catalina con el príncipe de Gales, Enrique, anteriormente se había casado con Arturo el cual murió a los pocos meses.

 

1504. Isabel firma el testamento en Medina y a finales de noviembre muere.

 

1505. Comienza a escribir la crónica el acemilero.

 

 

No hay comentarios: