EL CABALLITO VOLADOR
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
(A. Machado)
A unos cuantos kilómetros del
pueblo se veía una pequeña casa. Las personas que la habitaban eran dos, una
señora y una niña: madre e hija.
La diminuta vivienda las
acogía lejos de amigos y parientes. Aquellos parajes grandiosos, bonitos, ¡tan
verdes!, eran suficiente para que ellas vivieran contentas.
El agua descendía por los
insignificantes cauces de la montaña, viniendo a desembocar en un remanso
claro, dulce, fresco y limpio.
Los altos y frondosos árboles
sombreaban el lugar. El cielo, ¡ah, esa inmensa capa de tonalidades azules,
blancas, grises; siempre impenetrable!
Comenzaba un nuevo día,
Rebeca procuró hacer los trabajos más duros antes de que se levantara Loreto,
ella quería colaborar en todo.
“El niño se despertó”
-Mamá, ¿por qué no me
llamaste?
-Ven, pequeña, colócate bien
la camisa, todavía puedes ayudarme. Vamos a regar las plantas.
Terminadas las faenas, Loreto
podía irse a jugar.
Bebió apresuradamente un
tazón de leche. Corrió hasta su lugar favorito.
Miraba el azul del cielo, el
verde de la vegetación, el colorido de las flores. Oía el piar de los
pajaritos, el correr del agua, el sonido interminable de la naturaleza. Y vio
unas lindas mariposas que volaban cerca de ella.
Todo aquello le conmovía y se
sentía feliz, corría de un sitio para otro, observaba la vida de los diminutos
insectos. Terminaba extenuada. Se dirigía hacia un frondoso árbol bajo el que
solía descansar, allí se tumbaba en estado de reposo.
…todo le daba vueltas. De
pronto, vio venir un caballito blanco, parecía como si flotara, no dejaba
huella en la hierba.
Podía subir sobre el lomo, el
animalito estaba cerca y la invitaba a que montara sobre él.
Se sintió emocionada. ¡Tenía
un amigo para jugar! Se agarraba a la crin, pero suavemente, no fuera a
dañarlo. El caballo se movía, galopaban. En un instante se alejaron de allí, no
sabría decir cuánto habían cabalgado, volado más bien.
La transportó a un lugar
desconocido y se encontró con muchos niños, todos parecidos a ella, la
esperaban para jugar. Le ofrecieron extraños objetos que pretendían ser
juguetes. ¡Era un mundo tan nuevo! Varios chicos y chicas la cogieron de la
mano y la llevaron junto a los demás, el gesto le encantó.
Cuando estuvo junto a ellos
todos querían saludarla.
-Una nueva amiga –decían.
Dos de los niños, un poco más
altos que el resto, comenzaron a caminar seguidos por todos los que estaban
allí. Llegaron a un inmenso lago, vio una gran barca que se aproximaba a la
orilla, subieron a la barca. Navegaron horas y horas, mientras tanto se
entretenían con juegos divertidos que ella no conocía.
El paisaje le proporcionaba
una sensación de júbilo. La niña se sentía muy contenta. Todo cuanto veía
estaba como dispuesto para su dicha.
Y por fin, entraron en una
oscura cueva, después de un rato les sorprendió una potente claridad. Sí que se
estaba bien –pensó-, había de todo y no necesitaba nada.
Los niños y niñas se
organizaron en grupos y una de ellos se dirigió a Loreto para decirle que se reuniera con el grupo
número cinco.
Tenían que realizar un
trabajo muy fácil. Por la mañana despertaban al sol y con sus risas lo tenían
todo el día ocupado, radiante, hasta que llegaba la noche y lo dejaban
descansar. Entonces se dirigían hacia el lecho de la luna y la despertaban para
que velara durante la noche mientras el sol dormía.
Ahora comprendió Loreto por
qué no veía nunca juntos al sol y a la luna.
Puesto que era muy curiosa
quiso que le enseñaran lo que hacían los demás grupos.
Aceptaron los niños y lo
dejaron pasar al número cuatro.
Este trabajo no parecía
complicado, tenían que mantener llenos de agua los mares, ríos, lagunas… y que
las montañas permanecieran en su sitio, que reinara la armonía entre el agua y
la tierra. Unos grandes depósitos contenían agua y caía hacia abajo cuando
abrían las compuertas. Ellos sabían bien el agua que se necesitaba.
Loreto no llegó a entenderlo
del todo, le pareció difícil que luego se repartiera por todas partes; por unas
más por otras menos.
Sin pensarlo más pidió que lo
llevaran hacia aquellos que colgaban el número tres. En este grupo sus
componentes estaban más especializados, las tareas empezaban a complicarse.
Vigilaban todas las plantas del universo, cuidaban de que siguieran viviendo,
que ninguna especie desapareciera, que las flores salieran en la misma
temporada, que el fruto llegara a madurar. Y así, comprendió que existieran tan
variadas y hermosas plantas. Pero se preguntaba por qué, a veces, se
estropeaban, cuando estos niños y niñas las cuidaban delicadamente. A pesar de
tantas cuestiones sin responder quiso que lo llevaran donde estaban los del
número dos. Son muy listos –pensó- conocían todas las especies del reino animal
y se ocupaban de su conservación con mucho mimo.
Velaban por los más pequeños,
seguían su proceso vital para que nada les ocurriera. Si alguna vez morían los
padres, ellos cuidaban más detenidamente de esos animalitos huérfanos.
Este trabajo le pareció aún
más difícil que los anteriores, y aunque no lo tenía nada claro, no lo que
ellos hicieran sino lo que después sucedía en ese mundo que cuidaban, ¡era todo
tan distinto a lo que ellos pretendían!, les dijo que le mostraran el grupo
número uno.
-A este no lo podrás ver
–dijo uno de los niños más altos.
-¿Por qué?
-Solamente uno se encarga de
velarlo, pero sin trastocar nada.
-¿Qué es lo que vigila?
-A las personas.
-¿A todos?
-Sí.
-Entonces verá a mi papá.
-Claro.
-Y no podrías pedirle, por
favor, que me dejara verlo.
-No creo que sea posible.
-Si yo solo quiero verlo para
saber cómo está.
-¿Es que no vives con él?
-No, se fue a trabajar y vive
muy lejos de casa.
-¿Hace mucho tiempo que no lo
ves?
-Muchos años.
-Quizás acepte si se trata de
tanto tiempo para ti.
El niño que había estado
hablando con Loreto se dirigió a una de las puertas de la inmensa sala y
desapareció tras ella. Después volvió con una pequeña bola de cristal en la
mano y se la entregó a Loreto.
-¿Qué es esto? –le preguntó.
-Si la miras con atención
podrás ver a tu papá.
-Gracias, sabía que me
dejaría verlo.
Se puso muy contento cuando
vio a su papá. ¡Es mi papá! –gritó emocionada- pero se entristeció porque
estaba entre muchos otros hombres y mujeres con caras tristes, malhumorados.
-¿Por qué si cuidáis tanto
del universo no sale bien? –le preguntó al niño que la acompañaba.
-Eso nos preguntamos nosotros
y el secreto está ahí dentro. El número uno vigila a los hombres, pero les deja
que hagan lo que quieran porque dice que son libres y los ama mucho. Y los
hombres no saben valorar el gran regalo que se les da.
-¿Podríais hacer algo?
-No, nosotros no.
Vio venir al caballo blanco,
se vio sentado sobre él y voló muy deprisa, era acariciado por el viento.
“¡El caballito voló!”
Rebeca estaba preocupada
porque no había vuelto Loreto. Salió de la casa y se dirigió hacia donde su
hija solía jugar, le llamaba repetidas veces: Loreto, Loreto…
De pronto la vio tendida bajo
un árbol, dormía plácidamente, una de sus manos la tenía metida en el bolsillo
y la otra suavemente cerrada, hacia arriba.
-¡Loreto!
-Sí, mamá.
-Estabas dormida, es hora de
comer.
-Mamá, ¿los caballos vuelan?
-No, mi niña.
Entonces se apresuró a sacar
la mano del bolsillo para enseñarle la bola de cristal. Abrió la mano y no
había nada.
Siguió caminando junto a su
madre y comenzó a contarle todo lo que le había sucedido.
-Claro, pequeña, estabas
soñando.
-Pero yo he visto a papá y
era de verdad…
“Y ya
no volvió a soñar.
Pero el niño se
hizo mozo”
Y volvería a soñar.
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