La enredadera
Me llamo Piedad, soy una de los nietos de mi abuela, la que plantó la
enredadera del patio. Mi nombre es igual al de ella porque mi padre quiso
seguir con la tradición onomástica de la familia. Hoy os voy a leer algo que me
contaron, siempre pensé que había ocurrido en la realidad, que gracias a la
enredadera se pudo salvar a la señora del octavo, pero parece que es ficción a
juzgar por lo que se nos cuenta al final.
Durante un tiempo notamos la preocupación de Piedad, nuestra madre, por
la enredadera que plantó y que no parecía hacerse mayor. Le habían asegurado
que las enredaderas crecían mucho y adornaban las paredes de una forma especial.
Nuestra madre la había ubicado en una gran maceta y se veía ridícula la
diminuta plantita en un tiesto de tan grandes dimensiones.
Se quedó allí,
un poco abandonada por todos, en el rincón del patio de un edificio de vecinos.
Mi madre siguió regándola, pero sin muchas esperanzas de que se desplegara.
Al cabo de un
tiempo comenzamos a observar que sus tallos eran más largos, sus hojas más
anchas, se estaba desarrollando. ¡Al fin estaba creciendo! Mi madre se puso muy
contenta, porque a pesar de que le habíamos dicho que no se molestara más con
aquella planta, ella continuó cuidándola y suministrándole su ración de agua y
de buen trato diario como a todas las demás.
Los jóvenes
nos fuimos marchando de aquel piso. Nuestros padres seguían allí, los
visitábamos frecuentemente. Sobre todo yo que no tenía residencia fija y
mantenía casi todas mis pertenencias en la casa familiar.
Cuando salía
al patio y regaba las plantas le prestaba mayor atención a la enredadera.
¡Había crecido tanto! Y nosotros que pensábamos…
Se convirtió
en una gigantesca enredadera, sus tallos trepaban por las paredes, cerca de las
terrazas interiores del edificio, ya habían alcanzado el segundo piso, además
de haber rodeado todas las paredes del patio, con ayuda de nuestra madre que en
un principio condujo los tallos a su antojo. Ahora trepaban hacia arriba de una
manera increíble como por voluntad propia.
Había una vez
una vecina en el octavo que se quejaba por todo y aseguró que, cuando llegara
aquella horrible planta a su terraza, no pasaría de allí porque ella se
encargaría de cortarla.
Todo le molestaba
a la pobre señora del octavo, tan joven y tan gruñona.
Últimamente no
había de qué quejarse pues los vecinos eran excelentes personas que no
importunaban a nadie. Pero mira por donde la señora Concha estaba buscando
pelea y encontró un buen pretexto en la molestia que le pudiera ocasionar la
enredadera.
¡Y eso que
tardaría bastantes años en llegar al octavo, si es que llegaba!
Además no
parecía que fuera ninguna molestia porque a los vecinos que había sobrepasado
sus viviendas, por el contrario, les gustaba.
Pasaron los
años, muchos años…
Los padres
comenzaban a envejecer, los sobrinos que quince o veinte años atrás gritaban o
jugaban en el patio los fines de semana ya no venían por aquí.
La enredadera
seguía creciendo, desde abajo yo no podía calcular bien a qué piso había
llegado.
Se
experimentaba una extraña sensación viendo el desarrollo de la planta. ¿Cuál
sería su fin?
La pobre
maceta se quedó pequeña, a pesar de sus grandes dimensiones.
Los largos,
resistentes y flexibles tallos de la enredadera habían alcanzado gran longitud
y grosor.
La señora
Concha envejecía y seguía tan cascarrabias; se preparaba para cortar la planta
que en pocos años llegaría a la altura de su vivienda. Se le llenaba la cara de
satisfacción al ver que al fin podría podarla, era una señora tan gruñona.
Envejeció como todos nosotros y las piernas empezaron a fallarle, también la
vista.
Nuestros
padres dejaron el piso y desde hacía unos años era yo quien pasaba por allí, el
edificio estaba muy abandonado. Solo vivía gente mayor desfavorecida
económicamente que no podía mudarse a pisos o apartamentos nuevos. ¡La ciudad
se había hecho tan grande! Las nuevas viviendas eran mucho más confortables y
las familias jóvenes las preferían a las antiguas.
Casi todas las
semanas procuraba ir por nuestra vivienda para regar los tiestos, dejar algunos
libros y llevarme otros.
Un día… estaba
regando las plantas en el patio y escuché un grito aterrador, era muy temprano.
Miré hacia arriba y vi grandes llamaradas en las viviendas de los pisos
superiores, en el interior. Era fuego y se había propagado a dos plantas de
viviendas.
Salí del
edificio y comprobé que el fuego se extendía solo por las terrazas de las
plantas octava y novena. Entré de nuevo, pulsé el timbre de alarma y subí a
nuestra casa, a toda prisa.
Llamé por teléfono
a los bomberos y volví al patio para gritar: ¡Fuego, es fuego!
Los bomberos y
otros cuerpos de rescate llegaron rápidamente, duró unas horas la evacuación.
Se hizo el
recuento de vecinos y nos dimos cuenta de que faltaba la señora Concha. Estaba
inválida y venía algún profesional de los servicios sociales a cuidarla, pero
sólo unas horas al día y no todos los días.
Se pensó en
los posibles accesos hasta su vivienda; era inútil, no había forma de entrar.
En ese momento
recordé que algunas veces, muchos años atrás, los vecinitos del tercero
aprovechaban la ausencia de sus padres y bajaban hasta el segundo piso, a casa
de sus primos, deslizándose por la enredadera del patio que había trepado hacia
arriba y había alcanzado sus terrazas.
Les dije a
algunos bomberos que me acompañaran, que tal vez se podría subir gracias a la
enredadera que había en la pared de los patios interiores.
En el patio comprobaron
si la enredadera aguantaba el peso de una persona; la planta respondió bien a
las pruebas de los agentes. Uno de los bomberos trepó rápidamente por ella.
Desde el piso
octavo el bombero tiró varias cuerdas, aseguró bien a la señora Concha y
comenzó a descender, otro bombero tiraba suavemente y la bajaron despacito
hasta pisar tierra firme. La señora había arrastrado su cuerpo hasta la cocina
aturdida y llena de miedo, pero gracias a esa iniciativa se pudo llevar a cabo
más rápido su evacuación. Una vez rescatada, salimos corriendo de allí.
La enredadera fue la protagonista para poder salvar a la señora Concha.
Llegaron más
refuerzos, fue una larga jornada.
El edificio
quedó hecho una lástima, tanto el interior como el exterior acabó negro por el
incendio, destrozado.
Se logró
extinguir el fuego y salvar algunos objetos personales, sobre todo de los pisos
más bajos.
El fuego acabó, pero la rehabilitación del inmueble resultaba muy
costosa. A los vecinos nos dieron viviendas en otro edificio, éramos pocos,
algunos ancianos se alegraron. La mayoría salió beneficiada con el cambio.
El edificio
fue derribado unos meses después y con él pensé que estaba enterrada entre los escombros la vieja
y útil enredadera.
Han pasado treinta años, eso parece lo único cierto, en cuanto al resto
del relato, casi todo es ficción: la señora Concha nunca existió, no hubo
ningún incendio. Los padres de aquella familia murieron, la madre hace ya
tantos años… el piso se vendió al poco tiempo de morir Piedad y cada miembro de
la familia continuó viviendo en otros lugares, nacieron más nietos. También murió
Manuel, el padre.
La única que
queda como testigo del paso de aquella familia por allí es la enredadera:
testigo de nuestras correrías de niños, de nuestras risas, de aquel ambiente
familiar pendiente de salir adelante. Cuando llegaban los reyes, si nos compraban
algo, jugábamos en el patio por un doble motivo: los niños por el placer de
disfrutar con el juguete y los padres por el orgullo de haberlo podido comprar.
Han
transcurrido treinta años y el único ser vivo que ha quedado en la vivienda de
aquella etapa que pasamos junto a nuestros padres ha sido la enredadera.
Enredadera fotografiada en la primera década del siglo xxi por uno de sus hijos, José Antonio.
Escrito hacia 1980, en Alcázar, junto a la cuidadora de plantas que era nuestra madre Piedad. Reescrito, en Marbella, en el año 2021 para dedicárselo a la nieta que lleva su nombre: Piedad Merino García. Nombre con el que la bautizaron sus padres, Manuel y Toni.
Mercedes Merino Verdugo
No hay comentarios:
Publicar un comentario