martes, 19 de noviembre de 2024

LA ENREDADERA

 



La enredadera

 

 

Me llamo Piedad, soy una de los nietos de mi abuela, la que plantó la enredadera del patio. Mi nombre es igual al de ella porque mi padre quiso seguir con la tradición onomástica de la familia. Hoy os voy a leer algo que me contaron, siempre pensé que había ocurrido en la realidad, que gracias a la enredadera se pudo salvar a la señora del octavo, pero parece que es ficción a juzgar por lo que se nos cuenta al final.

 

Durante un tiempo notamos la preocupación de Piedad, nuestra madre, por la enredadera que plantó y que no parecía hacerse mayor. Le habían asegurado que las enredaderas crecían mucho y adornaban las paredes de una forma especial. Nuestra madre la había ubicado en una gran maceta y se veía ridícula la diminuta plantita en un tiesto de tan grandes dimensiones.
Se quedó allí, un poco abandonada por todos, en el rincón del patio de un edificio de vecinos. Mi madre siguió regándola, pero sin muchas esperanzas de que se desplegara.
Al cabo de un tiempo comenzamos a observar que sus tallos eran más largos, sus hojas más anchas, se estaba desarrollando. ¡Al fin estaba creciendo! Mi madre se puso muy contenta, porque a pesar de que le habíamos dicho que no se molestara más con aquella planta, ella continuó cuidándola y suministrándole su ración de agua y de buen trato diario como a todas las demás.
Los jóvenes nos fuimos marchando de aquel piso. Nuestros padres seguían allí, los visitábamos frecuentemente. Sobre todo yo que no tenía residencia fija y mantenía casi todas mis pertenencias en la casa familiar.
Cuando salía al patio y regaba las plantas le prestaba mayor atención a la enredadera. ¡Había crecido tanto! Y nosotros que pensábamos…
Se convirtió en una gigantesca enredadera, sus tallos trepaban por las paredes, cerca de las terrazas interiores del edificio, ya habían alcanzado el segundo piso, además de haber rodeado todas las paredes del patio, con ayuda de nuestra madre que en un principio condujo los tallos a su antojo. Ahora trepaban hacia arriba de una manera increíble como por voluntad propia.
Había una vez una vecina en el octavo que se quejaba por todo y aseguró que, cuando llegara aquella horrible planta a su terraza, no pasaría de allí porque ella se encargaría de cortarla.
Todo le molestaba a la pobre señora del octavo, tan joven y tan gruñona.
Últimamente no había de qué quejarse pues los vecinos eran excelentes personas que no importunaban a nadie. Pero mira por donde la señora Concha estaba buscando pelea y encontró un buen pretexto en la molestia que le pudiera ocasionar la enredadera.
¡Y eso que tardaría bastantes años en llegar al octavo, si es que llegaba!
Además no parecía que fuera ninguna molestia porque a los vecinos que había sobrepasado sus viviendas, por el contrario, les gustaba.


Pasaron los años, muchos años…


Los padres comenzaban a envejecer, los sobrinos que quince o veinte años atrás gritaban o jugaban en el patio los fines de semana ya no venían por aquí.
La enredadera seguía creciendo, desde abajo yo no podía calcular bien a qué piso había llegado.
Se experimentaba una extraña sensación viendo el desarrollo de la planta. ¿Cuál sería su fin?
La pobre maceta se quedó pequeña, a pesar de sus grandes dimensiones.
Los largos, resistentes y flexibles tallos de la enredadera habían alcanzado gran longitud y grosor.
La señora Concha envejecía y seguía tan cascarrabias; se preparaba para cortar la planta que en pocos años llegaría a la altura de su vivienda. Se le llenaba la cara de satisfacción al ver que al fin podría podarla, era una señora tan gruñona. Envejeció como todos nosotros y las piernas empezaron a fallarle, también la vista.
Nuestros padres dejaron el piso y desde hacía unos años era yo quien pasaba por allí, el edificio estaba muy abandonado. Solo vivía gente mayor desfavorecida económicamente que no podía mudarse a pisos o apartamentos nuevos. ¡La ciudad se había hecho tan grande! Las nuevas viviendas eran mucho más confortables y las familias jóvenes las preferían a las antiguas.
Casi todas las semanas procuraba ir por nuestra vivienda para regar los tiestos, dejar algunos libros y llevarme otros.

 

 


Un día… estaba regando las plantas en el patio y escuché un grito aterrador, era muy temprano. Miré hacia arriba y vi grandes llamaradas en las viviendas de los pisos superiores, en el interior. Era fuego y se había propagado a dos plantas de viviendas.
Salí del edificio y comprobé que el fuego se extendía solo por las terrazas de las plantas octava y novena. Entré de nuevo, pulsé el timbre de alarma y subí a nuestra casa, a toda prisa.
Llamé por teléfono a los bomberos y volví al patio para gritar: ¡Fuego, es fuego!
Los bomberos y otros cuerpos de rescate llegaron rápidamente, duró unas horas la evacuación.
Se hizo el recuento de vecinos y nos dimos cuenta de que faltaba la señora Concha. Estaba inválida y venía algún profesional de los servicios sociales a cuidarla, pero sólo unas horas al día y no todos los días.
Se pensó en los posibles accesos hasta su vivienda; era inútil, no había forma de entrar.
En ese momento recordé que algunas veces, muchos años atrás, los vecinitos del tercero aprovechaban la ausencia de sus padres y bajaban hasta el segundo piso, a casa de sus primos, deslizándose por la enredadera del patio que había trepado hacia arriba y había alcanzado sus terrazas.
Les dije a algunos bomberos que me acompañaran, que tal vez se podría subir gracias a   la enredadera que había en la pared de los patios interiores.
En el patio comprobaron si la enredadera aguantaba el peso de una persona; la planta respondió bien a las pruebas de los agentes. Uno de los bomberos trepó rápidamente por ella.
Desde el piso octavo el bombero tiró varias cuerdas, aseguró bien a la señora Concha y comenzó a descender, otro bombero tiraba suavemente y la bajaron despacito hasta pisar tierra firme. La señora había arrastrado su cuerpo hasta la cocina aturdida y llena de miedo, pero gracias a esa iniciativa se pudo llevar a cabo más rápido su evacuación. Una vez rescatada, salimos corriendo de allí.

La enredadera fue la protagonista para poder salvar a la señora Concha.
Llegaron más refuerzos, fue una larga jornada.
El edificio quedó hecho una lástima, tanto el interior como el exterior acabó negro por el incendio, destrozado.
Se logró extinguir el fuego y salvar algunos objetos personales, sobre todo de los pisos más bajos.

 

 

 

 

El fuego acabó, pero la rehabilitación del inmueble resultaba muy costosa. A los vecinos nos dieron viviendas en otro edificio, éramos pocos, algunos ancianos se alegraron. La mayoría salió beneficiada con el cambio.
El edificio fue derribado unos meses después y con él pensé que  estaba enterrada entre los escombros la vieja y útil enredadera.

 

Han pasado treinta años, eso parece lo único cierto, en cuanto al resto del relato, casi todo es ficción: la señora Concha nunca existió, no hubo ningún incendio. Los padres de aquella familia murieron, la madre hace ya tantos años… el piso se vendió al poco tiempo de morir Piedad y cada miembro de la familia continuó viviendo en otros lugares, nacieron más nietos. También murió Manuel, el padre.
La única que queda como testigo del paso de aquella familia por allí es la enredadera: testigo de nuestras correrías de niños, de nuestras risas, de aquel ambiente familiar pendiente de salir adelante. Cuando llegaban los reyes, si nos compraban algo, jugábamos en el patio por un doble motivo: los niños por el placer de disfrutar con el juguete y los padres por el orgullo de haberlo podido comprar.
Han transcurrido treinta años y el único ser vivo que ha quedado en la vivienda de aquella etapa que pasamos junto a nuestros padres ha sido la enredadera.



 

Enredadera fotografiada en  la primera década del siglo xxi por uno de sus hijos, José Antonio.

 

 

 

Escrito hacia 1980, en Alcázar,  junto a la cuidadora de plantas que era nuestra madre Piedad. Reescrito, en Marbella,  en el año 2021 para dedicárselo a la nieta que lleva su nombre: Piedad Merino García. Nombre con el que la bautizaron sus padres, Manuel y Toni.

 

 

Mercedes Merino Verdugo

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